Artículo D. Celso Morga.- Frenar la desigualdad está en tus manos

Artículo de D. Celso Morga en el nº 1.353 de la revista diocesana “Iglesia en camino” titulado “Frenar la desigualdad está en tus manos”, dedicado a la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas que se celebra el 12 de febrero, y que reproducimos a continuación:

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Queridos fieles:

La desigualdad se ha convertido en la mayor amenaza y el mayor desafío a nivel mundial. Para muchas personas, pensar en desigualdad y en hambre es pensar en un reto imposible, un problema sin solución ante el que no se puede hacer nada.
Cuando leemos u oímos llamadas como esta que ha sido elegida por “Manos Unidas” para la campaña de este año 2023, brota en nosotros el agrado que produce un bello slogan. Pero, al mismo tiempo, no podemos escapar de un cierto sentimiento pesimista. La razón es muy sencilla. A la vista de tantos y tan injustos intereses políticos y económicos que despojan a pueblos enteros de la riqueza que encierra el subsuelo y la superficie de su tierra; al constatar las leyes feroces con las que se recortan las libertades fundamentales mermando la capacidad personal y social de crecimiento; conociendo la horrible discriminación ideológica por la que verdaderas multitudes se ven privadas de su patria y de su familia, y sepultados sus legítimos sueños de crecimiento y desarrollo, no podemos evitar un movimiento interior de indignación. La injusticia y la falta de respeto a los derechos fundamentales de los más débiles, no nos permiten mirar hacia otro lado, ni permanecer irresponsablemente en el silencio o en la inactividad.
Pero, si es cierto que la construcción de un mundo nuevo exige un proyecto común, las ilusiones por alcanzar la justicia, la equidad y la igualdad pueden frustrarse ante la constatación de este mundo dividido no solo por las guerras, sino por la mentira, el egoísmo y el intolerable avasallamiento de los poderosos sobre los que viven limitaciones de cualquier orden.
No obstante, hay otro modo de mirar la realidad, y que, lejos de ocultarnos la visión real del mundo, nos permite considerar otros caminos de renovación personal y social, y de progresivas victorias sobre la injusticia y la desigualdad en cualquiera de sus formas. Se trata de asumir la imprescindible convicción de que nada se alcanza de una vez y de modo satisfactorio. Es necesaria una esperanza vivida en la humildad y en la entrega sin ánimos eficacistas.
Es necesario el convencimiento de que urgen planteamientos muy serios acerca de lo que es el poder político y hasta dónde puede llegar su ejercicio sin faltar a la justicia y al respeto que merecen los derechos fundamentales de cada persona y de cada pueblo. Urge clarificar el concepto de crecimiento y desarrollo sin que lo deformen los avasallamientos motivados por el ansia de una producción sin límites y de un libre mercado inspirado en el ventajismo y en una desleal competitividad. Y así podríamos referirnos a otros muchos factores que provocan y mantienen perversamente la desigualdad y el hambre en el mundo.
Es necesario que, utilizando la razón y los valores éticos que la inteligencia nos permite descubrir, nos empeñemos en dar los pasos que están al alcance de cada persona y de cada grupo; y que demos esos pasos con la generosidad de que es capaz un espíritu libre y abierto a la verdad; y, por tanto, abierto a la consideración de la indeclinable dignidad de toda persona, sea cual sea el momento de su vida y sus garantías de utilidad social.
Los cristianos, guiados por la fe, sabemos que la verdad es la fuente de la libertad; que esa Verdad es Jesucristo; que, como nos enseñó S. Pablo, todo lo podemos con Aquel que nos conforta; que la común condición de hijos de Dios nos hace hermanos de todos los hombres y mujeres sin distinción ninguna; que el amor al prójimo debe comenzar por los más pobres, desposeídos, marginados y oprimidos de cualquier forma; que es radicalmente equivocado e injusto pensar que estamos excusados de luchar por una causa cuya victoria no sospechamos inmediata y segura.
Los cristianos, de cuya fe ha nacido la ejemplar y eficiente obra de “Manos Unidas”, debemos abrirnos a una esperanza basada en el mandato del amor y en la ayuda de Jesucristo que se hace presente en el rostro de los indigentes de cualquier orden y estilo. Y, movidos por ello, debemos comprometernos en el ejercicio incondicional de la caridad, que contribuye a la implantación de la justicia.
Desde estos convencimientos podemos creer que FRENAR LA DESIGUALDAD ESTÁ EN TUS MANOS. Y que un proyecto común renovará el compromiso de seguir luchando por la dignidad de todas las personas y liberará a la humanidad de la pobreza, del hambre y de la desigualdad; será posible desde la generosidad de quienes están dispuestos a aportar su granito de arena amando a los hermanos que sufren cualquier clase de penuria, desigualdad o de marginación material o espiritual.

+Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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