Pentecostés, con la que ponemos fin al tiempo pascual. Y todo se confirma con la venida del Espíritu Santo. En el marco de la fiesta judía, la “fiesta de las semanas”, el libro de los Hechos coloca la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de este acontecimiento, Pentecostés se convierte también en fiesta cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1Cor 168). Es entonces cuando los Apóstoles acaban de comprender para qué fueron preparados durante es esos tres años de convivencia íntima con el Señor.
Como Iglesia, estamos de cumpleaños, pues con Pentecostés comienza la aventura de la Iglesia. El Espíritu San- to desciende sobre aquella comunidad naciente y temerosa, infundiendo sobre ella sus siete dones, dándoles el valor necesario para anunciar la Buena Nueva de Jesús; para preservarlos en la verdad, como Jesús lo había prometido (Jn 14.15); para disponerlos a ser sus testigos; para ir, bautizar y enseñar a todas las naciones.
Queridos hermanos: Pentecostés no es un hecho del pasado no es un “lindo recuerdo”, no es una simple página de la historia: Pentecostés no ha termina- do, no terminará nunca porque el amor del Señor no pasará jamás. Por eso ahora no estamos “recordando” Pentecostés, sino que estamos “celebrando” Pentecostés. La Iglesia vive “en estado de Pentecostés”, porque Jesús sigue entregando el Espíritu a su Iglesia, y la fuerza de este Espíritu, obrando en los hombres, les hace experimentar la presencia Dios y el amor del Padre expresado en Cristo, para que los cristianos sean verdaderos “testigos” y hablen de lo que han “visto y oído” ellos mismos, y no de cosas aprendidas en los libros o dicha a la otra personas.Entre los muchos aspectos que podemos señalar en esta fiesta del Espíritu, hay dos que desearía subyugar: la unidad y la valentía. El Espíritu Santo no elimina las diferencias ni culturales ni personales, pero las armoniza, creando unidad en la diversidad. Esta armonía es la que se refleja en la Iglesia de Jesús y es la que estamos llamados a afrontar. Esta es la armonía a la que el Papa Francisco nos fue llevando en clave sinodal: a mirar unidos a una misión y a dejar al Espíritu que construya la Iglesia pues es el Espíritu el que hace la Iglesia. Delante de nosotros tenemos un gran objetivo: seguir construyendo la Iglesia, no uniformemente, sino armonizando la diversidad y dejando que sea el Espíritu el alfarero, pues la unidad de los que creemos en Cristo el Señor, la unidad es uno de los frutos del Espíritu.
No tenemos otro camino si queremos construir la Iglesia pensada y querida por el Señor. Ejerzamos hoy también nuestra apertura de corazón para recibir la capacidad de perdonar. Seamos transmisores de esa paz a través de la unidad, de la armonía en medio de la diversidad, a través del reconocimiento de la acción de Dios y a través de este don que se nos entrega, el don del perdón para llevar la paz a nuestro mundo dividido y que la necesita. Fijaos bien, Dios cuenta con nosotros para llevar esa paz a nuestro mundo.
El papa Francisco observaba que «Hoy en el mundo hay mucha discordia, mucha división. Estamos todos conectados y, sin embargo, nos encontramos desconectados entre nosotros, anestesiados por la indiferencia y oprimidos por la soledad» (Homilía, 28 mayo 2023). Y de todo esto son una trágica señal las guerras que agitan nuestro planeta. Invoquemos el Espíritu de amor y de paz, para que abra las fronteras, abata los muros, disuelva el odio y nos ayude a vivir como hijos del único Padre que está en el cielo.
El otro don que nos regala el Espíritu es el de la valentía, el de la parresía. Fue ese don el que hizo que las puertas del cenáculo se abrieran de par en par. Fue ese don el que puso en boca de los Apóstoles las palabras adecuadas para dar testimonio de Jesús. Será ese mismo don el que nos haga salir de nuestros miedos y nos haga testigos del resucitado allí donde nos encontremos y cada uno según su vocación. Será ese don el que nos permita construir una “iglesia en salida”, una Iglesia misionera.
Hermanos y hermanas: ¡Por Pentecostés se renueva la Iglesia y el mundo! Que el viento vigoroso del Espíritu venga sobre nosotros y, dentro de nosotros, abra las fronteras del corazón, nos dé la gracia del encuentro con Dios, amplíe los horizontes del amor y sostenga nuestros esfuerzos para la construcción de un mundo donde reine la paz. Que María Santísima, Mujer de Pentecostés, Virgen visitada por el Espíritu, Madre llena de gracia, nos acompañe e interceda por nosotros en la construcción de la Iglesia comunión, de la Iglesia en salida. Feliz día de Pentecostés.
Vuestro pastor y hermano
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

