Queridos hermanos y hermanas: ¡El Señor os dé la paz!
Este domingo, día 30, comenzamos el tiempo litúrgico del adviento; tiempo de espera y esperanza, de reflexión y de conversión, de sembrar para luego recoger buenos frutos. Es un tiempo, como nos recuerda la CEE de “preparación para una vida nueva”.
El adviento: tiempo que la Iglesia nos propone para reconocer la cercanía de Dios en nuestra vida diaria, una llamada a purificar el espíritu de la indiferencia y el consumismo, una oportunidad para prepararnos a la llegada del Señor con alegría y esperanza. El adviento enfatiza la importancia de no posponer la fe y de vivir este tiempo con solidaridad, sirviendo a los más necesitados.
El adviento: memoria de la cercanía de Dios. Este tiempo es el momento propicio para recordar que Dios ha estado cerca de nosotros en el pasado y se hace presente hoy. Él es el Dios-con-nosotros, el Emmanuel (cf. Mt 1, 23). El adviento es un tiempo para decirle a Él que lo necesitamos y pedirle que se acerque más, invitándolo a entrar en nuestras vidas, a entrar para sentarse a nuestra mesa, como los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 29).
El adviento: llamada a la conversión, a la purificación del espíritu. El Adviento es propicio para purificar el espíritu y hacer crecer la fe. Esto implica liberarnos del consumismo y el “ruido” exterior para concentrarnos en lo esencial y cultivar la vida interior, como se puede ver en la imagen de Juan el Bautista en el desierto, que es el lugar de la voz y el silencio (cf. Lc 1 ,80). El adviento es un tiempo de gracia para empezar una vida nueva, siguiendo el camino de la humildad, recordando que con Jesús siempre hay una oportunidad para volver a empezar. Él nos espera y no se cansa jamás de nosotros. Juan el Bautista es uno de los personajes centrales del adviento y modelo de preparación a la venida del Señor. Él, alérgico a la duplicidad, hace una urgente llamada a la conversión: “¡Convertíos porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,4). “¡Dad frutos de una sincera conversión!”(Lc 3, 8). Se trata de un grito de amor como el de un padre que ve a su hijo arruinarse y le dice: ‘¡No desperdicies tu vida!’. El adviento es un tiempo de reflexión, oración y conversión interior, para abrir nuestro corazón a la presencia de Dios.
El adviento: llamada a la solidaridad. La preparación para la Navidad no es solo espiritual, sino también práctica. Se debe vivir con obras concretas, demostrando nuestra fe en la encarnación del Hijo de Dios con gestos de amor, consuelo y solidaridad, especialmente con los que sufren. El adviento nos invita a transformar nuestra mirada y reconocer a los demás como hermanos, viviendo con gratitud y generosidad. Jesús nace en todos los necesitados: “tuve hambre… (cf. Mt 25, 31ss). Ellos son su carne. ¡Acojámosle en ellos! No cerremos los ojos ni el corazón a la tragedia de la pobreza galopante que impide a millones de personas vivir de una manera humanamente digna. ¡Recuperemos el sentido de la fraternidad universal!
El adviento: tiempo para dejar de posponer. El papa Francisco nos invitaba en este tiempo a dejar de lado la mentalidad de “mañana”, que retrasa las cosas importantes. El adviento es tiempo para romper definitivamente el “mañana para mañana volver a decir mañana” (Lope de Vega). Hoy es el tiempo de la salvación (2Cor 6, 2). El adviento es el momento oportuno para buscar la gracia y el favor de Dios, ya que el mañana es incierto y no se garantiza. El adviento es el momento de decir “sí” a Dios, invitando a María, personaje central en este tiempo, como modelo de este “sí” de entrega y acogida (cf. Lc 1, 38).
Finalmente, el adviento ha de estar marcado por la humildad y esperanza: Se nos pide salir de nuestros esquemas y prejuicios para ver a los demás y a Dios con humildad. En este sentido, el adviento nos invita a contemplar la humidad del Hijo que siendo Dios y sin dejar de serlo se hace hombre (cf. Jn 1, 14). El adviento nos llama a bajar del pedestal del fariseo y caminar con la actitud del publicano (cf. Lc 18, 9-14). El adviento es también un tiempo marcado por la esperanza que ilumina el camino. El mensaje del adviento es de esperanza, buscando aligerar el corazón ante las dificultades de la vida y confiar en el amor de Dios que salva, siendo bien conscientes que nuestra esperanza, la que no defrauda (cf. Rm 5, 5) tiene un nombre y ese nombre es Jesucristo, nuestro Salvador. Una esperanza activa, no pasiva, que nos impulsa a vivir con fe, justicia y caridad. En este sentido el adviento nos invita a leer los signos de la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana y en la vida de la humanidad, y a mirar el futuro con confianza y a caminar con alegría, recordando que Cristo es la luz que ilumina nuestras vidas y nuestra historia (cf. Jn 1, 9).
Que María, mujer de la esperanza activa, nos acompañe en este camino de renovación espiritual y esperanza que es el adviento.
Vuestro pastor y hermano
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz
Adviento: Jesús viene ¡Preparémosle el camino!

