Artículo D. Celso.- Pentecostés

Artículo de D. Celso Morga en el nº 1.326 de la revista diocesana “Iglesia en camino” titulado «Pentecostés» y que reproducimos a continuación:

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Queridos fieles:

Celebramos la solemnidad de Pentecostés. Profesamos, con profundo gozo, nuestra fe en el Espíritu Santo, que es “Señor y dador de vida”. ¡Qué bella expresión! “Señor” porque, con el Padre y el Hijo, es Dios, un solo Dios. Y “dador de vida” porque, tanto la creación del universo como la nueva creación en Cristo, se realizan por medio del Espíritu Santo.
El Espíritu divino, presente y operante en la creación, como hace notar el libro del Génesis (1,2), es el mismo que está presente en la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María (Lc 1, 35) y presente en el inicio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, fuente de salvación para todos los hombres (Hch, 2, 1-13).
La fe ininterrumpida de la Iglesia, desde el principio, en el Espíritu Santo ha encontrado en el Concilio Vaticano II una expresión más plena y consciente. Podemos decir que la conciencia que la Iglesia tiene hoy de la acción perenne del Espíritu Santo en Ella y en el mundo es una herencia profunda del Concilio Vaticano II. El Concilio nos anima a profundizar cada vez más en este misterio del amor de Dios por el mundo que se manifestó definitivamente en Cristo y que sigue vivo y operante gracias a la acción constante del Espíritu Santo.
No se puede negar que, a pesar de tanta aparente secularización, hay en los hombres y mujeres de nuestro tiempo deseos profundos de Dios. A los cristianos nos toca vislumbrar en el corazón de los hombres de hoy esas ansias de verdad y de amor verdadero, que laten escondidas, ahí donde se decide la verdadera felicidad humana. Tenemos urgente necesidad en la evangelización de un nuevo descubrimiento de Dios en su realidad trascendente de Espíritu infinito de amor, como lo presenta Jesús a la mujer samaritana en el pozo de Jacob.
Late en nuestro tiempo una necesidad de adoración en “Espíritu y verdad”, dejando atrás tantos falsos ídolos que no pueden saciar nuestro corazón, por mucha publicidad que los acompañe. Ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la verdadera esperanza, el secreto del amor y la fuerza de una “creación nueva” (cf Rm 8,12; Gal 6,15). Sólo el Espíritu Santo es dador de esa vida auténtica, que sacia de verdad.
Además de “dador de vida”, el Espíritu Santo es Paráclito, consolador, intercesor, abogado (Jn 14,16). Es nuestro segundo Consolador, siendo el primero el mismo Jesús. El Espíritu Santo será el consolador perenne de la Iglesia llevándola a la comprensión de la verdad entera, recordándonos, enseñándonos en profundidad la misma enseñanza de Jesús sin desviarse un milímetro de los que Jesús hizo y enseño. Así nos consuela, asegurándonos que “Jesús es el Señor” (1Co, 12,3; Rm 10,9), que no nos defraudará nunca y nos llevará a la vedad toda entera, es decir, al Reino de los cielos, a gozar en plenitud del amor infinito de Dios.

Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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