Artículo de D. Celso Morga en el nº 1.364 de la revista diocesana “Iglesia en camino” titulado “Un canto a la Virgen” y que reproducimos a continuación:
****************************************************************************
Queridos fieles:
Cada año, como un obsequio del Cielo, llega el mes de mayo que la Iglesia, por tradición, dedica a la Santísima Virgen; el alma creyente y devota se siente llamada a rendir homenaje a la Madre de Dios, por eso en estos primeros días de mayo permitidme que más que reflexionar eleve con vosotros un canto a nuestra Madre.
La Virgen María siendo la Madre de Dios encarnado, es la primavera que anuncia una etapa nueva, misericordiosa y bella para la humanidad marcada por el pecado; por ser llena de gracia, es la flor que destaca en el inmenso y verde prado de la Iglesia en que brillan los santos de todos los tiempos.
María, como primavera de la vida, nos alivia de los molestos rigores del invierno que empobrecen el paisaje y hacen peligrar el optimismo en la espera de abundantes frutos; como flor, que destaca en el mundo por su belleza y singular figura, llena la tierra con la fragancia de la gracia de Dios que la hace bendita entre las mujeres y anuncia los frutos que el amor infinito de Dios, manifestado en Jesucristo, hará brotar entre los hombres con la fuerza renovadora de su amor universal convertido en canto de ternura y de misericordia.
María, como parte del árbol humano que integramos los hijos de Dios, está radicalmente vinculada como Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres. Títulos que le corresponden por ser Madre del nuevo Adán, y porque lo recibió en el Calvario como el testamento de amor de su Hijo.
María, como intercesora nuestra nos lleva en sus brazos ante el trono del Padre, haciendo de nosotros una ofrenda que Él mismo ha creado y por la que ha dado su vida en la cruz; y como Madre amantísima, nos enseña, con su testimonio y con pocas y acertadas palabras, cómo quiere Dios que correspondamos al amor que nos tiene a pesar de nuestros pecados y torpezas.
María, como esposa del Espíritu Santo, por quien engendró en sus purísimas entrañas al Mesías redentor, es, a la vez, el Templo más preciado de la Santísima Trinidad y dando a luz al Hijo de Dios, es, para todos los discípulos de Jesucristo, la Estrella de la Evangelización. Por ello es maestra en el cumplimiento del mandato que nos dio Jesucristo para que anunciáramos el Evangelio a todos los pueblos.
María, con su fe intachable, con su humildad, con la belleza de su alma, y con el testimonio de su entereza ante el dolor, se ha convertido en la voz humana más armoniosa al cantar el gozo que brota de la fidelidad cristiana. Como criatura humana, por su irrepetible y sobresaliente santidad, es maestra de jóvenes y adultos, de hombres y mujeres. María es maestra de humanidad y, especialmente, de la nueva humanidad.
María, puesto que ha brillado como astro de ejemplar fidelidad al Señor, es guía de coherencia para todos nuestros comportamientos; especialmente en los momentos de mayor dificultad. Ella proclama la grandeza del Señor y manifiesta alegrarse en Dios salvador, porque reconoce cuánto ha recibido de él. Y nos llama a mirar a Dios de frente, como a un Padre, con tanto amor como arrepentimiento, con tanta esperanza como ilusión, y con la plena seguridad de que Dios, que ha comenzado en nosotros la obra buena, él mismo la llevará a término.
En el Mes de Mayo, tradicionalmente dedicado a la Virgen, mes de la primavera y de las flores, de la ilusión y de la esperanza, tiempo de la vida nueva y resucitada, y tiempo oportuno para nuestra salvación, miremos a María con piedad sincera, con cariño filial, con fe cristiana, con humildad y plena confianza. Sentiremos entonces la mano que nos ayuda y el beso de ternura que alivia nuestras tensiones interiores y las oscuridades que nos hacen temer en nuestro camino hacia Dios.
Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

