Artículo del arzobispo de Mérida-Badajoz, D. José Rodríguez Carballo, publicado en el nº 1.428 de Iglesia en camino titulado «Alegraos; os lo repito, estad alegres» en este III domingo de Adviento, también llamado «Gaudete» (Alegría).
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Queridos hermanos: ¡El Señor os dé la paz!
Este domingo de Adviento es conocido como el domingo “gaudete” y con razón, pues escucharemos repetidas invitaciones a alegrarnos: “Regocíjate”, escucharemos en la primera lectura tomada del profeta Sofonías (Cf. Sof. 3, 14-18); “gritad jubilosos” es la invitación que nos llega del salmo responsorial (Sal 12, 2ss); “estad siempre alegres”, es lo que nos pide san Pablo en la segunda lectura, esta vez tomada de la carta a los Filipenses (cf. Fil 4, 4-7). Por su parte el evangelio que proclamaremos (cf. Lc 3, 10-18) nos presenta a Juan que nos invita a trabajar por un mundo de fraternidad e igualdad, y es que no puede haber alegría plena mientras unos nadan en la abundancia y les sobra todo, y otros pasan necesidad y les falta todo.
Creyentes como somos en el Evangelio, en la Buena Noticia, los cristianos respondemos con la alegría y el gozo al acontecimiento de salvación que ha venido a traernos Jesús. La alegría es, pues, parte constitutiva de la vida cristiana, hasta el punto que bien podemos decir que la alegría no es una posibilidad, es una responsabilidad de nuestra condición de creyentes. Todo el Evangelio está enmarcado entre el anuncio de la gran alegría por el nacimiento de Salvador, en Belén (cf. Lc 2, 10-12) y la alegría del alba del primer día de la semana, el día de la resurrección (cf. Mt, 28, 8), de tal modo que es justo decir que la vida cristiana está marcada por la alegría.
La alegría es la experiencia de la plenitud de sentido que abre el futuro del hombre consintiendo la esperanza. Una alegría gozosa por la espera, que ya nos hace pregustar la llegada del esperado. Una alegría por la presencia del que había de venir y que se hace evidente en la fiesta, la alegría de estar juntos, de celebrar juntos la llegada es la alegría de estar juntos.
La alegría está estrechamente unida a la experiencia positiva del otro y del encuentro con el otro. Es significativo en este sentido la fórmula de saludo que encontramos en griego chaire (alégrate), como augurio de alegría en el momento del encuentro con el otro, y también el shalom hebreo, como deseo que el uno pueda experimentar la alegría por el encuentro con el otro. En definitiva, podemos decir que la alegría es la experiencia que involucra la totalidad de la existencia humana y que emerge con fuerza en los momentos del amor (la alegría de la amistad y del amor) y del compartir. Para nosotros cristianos estas dimensiones aparecen claras en la eucaristía. Como dice san Jerónimo: “Encontrarse juntos en la eucaristía es la fuente de una rebosante alegría”.
Esta alegría en Cristo que nadie nos puede robar tiene un motivo, y lo encontramos en la liturgia de estos días que preceden a la Navidad: El Señor ha cancelado nuestra condena […]. El Señor está en medio de nosotros. Él se goza y se complace en nosotros, nos ama y se alegra con júbilo, nos dice el profeta Sofonías (cf. Sof 3, 14-18). Ya no hay motivo de miedo, pues nuestra fuerza y nuestro poder es el Señor y podemos gritar: Qué grande es el Señor en medio de nosotros (cf. Is 12, 2ss). Ya no hay lugar para la tristeza, pues “El Señor está cerca” (Fil 4, 5).
Queridos hermanos lejos de nosotros la cara de funeral o el vivir en perenne estación de cuaresma sin perspectiva de pascua, como nos pide el Papa Francisco en Evangelii gaudium (ns. 6 y 10). Ejercitémonos en la alegría, esa alegría que nadie puede robarnos pues nos la da la certeza que Dios nos ama y pronto contemplaremos la manifestación de ese amor en el Niño que hace en un pesebre. No privemos al mundo del testimonio de la alegría que nace de la fe, sabiendo que es nuestra alegría la que narra al mundo la gloria de Dios.
Si muchos son los motivos para preocuparnos –crisis económica, crisis de fe, guerras, sufrimientos de todo tipo-, mucho más fuertes son los motivos para la alegría que se pueden sintetizar en uno: Somos importantes para Dios, el Salvador no ha abandonado a su pueblo, Él viene para salvarnos: “Yo estoy contigo para salvarte”, (Jr 1, 8), “Yo estoy contigo, para librarte y salvarte, dice el Señor” (Jr 15, 20) Que sus palabras nos sirvan de gozo y que sean la alegría de nuestro corazón (cf. Jr 15, 16).
¡Feliz espera, feliz Adviento!
Vuestro pastor, que os bendice
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

