Artículo.- La soledad no habitada: una enfermedad que mata

Queridos hermanos y hermanas: ¡El Señor os dé la paz!

Cada día somos más indiferentes a una de las “plagas” que sufren muchos de nuestros contemporáneos: sacerdotes, consagrados, laicos (jóvenes, adultos y ancianos). Me refiero a la soledad no habitada cuyas raíces son alimentadas casi siempre por la indiferencia: la gran enfermedad de hoy, que encuentra su caldo de cultivo en la cultura del bienestar, que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos y nos hace insensibles al grito de los demás. La indiferencia que lleva a la soledad no habitada es una enfermedad que mata, una globalización de la insensibilidad que se manifiesta en la falta de empatía hacia los demás, y nos hace insensibles al grito de los demás, particularmente de los más vulnerables. La indiferencia es una verdadera amenaza para la humanidad porque impide ver las injusticias, endurece el corazón y lleva a la omisión y al desprecio. Es como decirle a una persona: No me interesas, estás muerto para mí. La indiferencia me lleva a “pasar” del otro y a negarle mi amor. La indiferencia, según el Papa Francisco, es equiparable a la “muerte espiritual”. Y es que “no amar es el primer paso para matar, y no matar, el primero para amar” (Papa Francisco)
Pero sea cual sea la razón de la soledad, lo cierto es que cada día estamos más solos, aun viviendo bajo un mismo techo con otras personas. Estamos hipercomunicados, pero sin vínculos profundos que nos unan unos a otros. ¡Qué paradoja la que estamos viviendo: estamos en un mundo globalizado y sin embargo cada día son más los que están solos! ¡Qué paradoja la que estamos viviendo: abundan los lugares de encuentro, pero cada vez hay menos calor de hogar y de familia! ¡Qué paradoja la nuestra: son muchos los proyectos ambiciosos que tenemos y tiene la sociedad, pero tenemos menos tiempo para vivir lo que se ha logrado; tenemos tantos medios sofisticados de diversión, pero cada vez más experimentamos un profundo vacío en el corazón; buscamos y tal vez alcanzamos muchos placeres, pero poco amor; tanta libertad, pero tan poca autonomía!
Cuando hablamos de soledad fruto de la indiferencia, la soledad que mata, no hablamos de esa soledad que propicia la introspección espiritual, necesaria para el encuentro con uno mismo, con Dios y con los demás, sino de la soledad como experiencia subjetiva dolorosa que nace de la ausencia de vínculos auténticos y genuinos que permiten sentirse valorado, escuchado, aceptado, respetado y comprendido. Cuando hablamos de la soledad que mata hablamos de un potente estresor biológico que puede llevarnos al borde del abismo y que por tanto supone un peligro que apaga la motivación, y puede provocar una muerte prematura, incluso una muerte violenta, como el suicidio. Una de las formas más dolorosas de soledad es estar acompañados físicamente pero no emocionalmente. Esa experiencia provoca un vacío en tono a uno que puede tener un desenlace fatal.
¡Atención a algunos síntomas tales como: la convicción de que nadie me ve, nadie me escucha, nadie me valora! ¡Atención a la tristeza difusa y continua, así como a la percepción de desconexión con el mundo y la apatía generalizada! ¡Atención a cuando uno deja de compartir por miedo a no ser entendido! ¡Atención a esconderse detrás de una sonrisa amable o un “estoy bien”! Todos estos síntomas son alarmas que saltan y que nos deberían llevar a buscar soluciones antes de que sea demasiado tarde. Todos necesitamos sentirnos reconocidos, apreciados, escuchados. Cuando esto falta fácilmente corremos el riesgo de sentir nuestro entorno como hostil. Y puede llegar a provocar depresión, ansiedad y baja autoestima y conductas adictivas, tales como el consumo de drogas, alcohol, pantallas… La soledad es un factor de riesgo con posibilidad de graves consecuencias.

¡Qué triste que cada vez se haga más difícil vivir una relación sólida y fecunda de amor; en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobre, en la buena y mala suerte! ¡Qué pena que el amor duradero, fiel, recto, estable, fértil sea cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado! ¡Qué pena que los ancianos abandonados, incluso por sus seres queridos, sigan aumentando! ¡Qué pena que cada vez haya más jóvenes víctimas de la cultura del consumo, del usar y tirar y de la cultura del descarte y que se sienten abandonados a ellos mismos!
¿Cuándo reaccionaremos ante estas manifestaciones que apuntan a una soledad que mata y que, aun cuando los colectivos más afectados sean los ancianos, los jóvenes y los adolescentes, sin embargo no entienden de edades, ni distinguen entre género, nivel educativo, o posición económica o social?
Un gran reto que tenemos ante nosotros es el de aprender a estar conectados, sin desconectarse de nosotros mismos y de los demás; sabiendo que la solución para no caer en la soledad que mata no es tener más contactos, sino más vínculos; sabiendo que no se trata de hablar más, sino de estar más presentes; sabiendo que el problema no está tanto en la tecnología, sino en cómo la utilizamos y en integrarla de forma responsable para que complemente y no sustituya lo que verdaderamente nos hace humanos; los vínculos reales son los demás. Hemos de trabajar intensamente para que lo digital no sustituya la conexión emocional. Esto vale para las redes sociales y también para la Inteligencia artificial. Ésta nunca puede reemplazar la relación que nos mantiene conectados a los demás.
Para salir al paso de esta “soledad que mata” hemos de trabajar intensamente sobre nosotros mismos y sobre el entorno social en que nos movemos. Y lo primero es que hemos de hablar abiertamente de los peligros de una soledad no desea, sin tabús. Se hace necesario también luchar para no encerrarse en nosotros mismos. Para ello se hace, hoy más necesario que nunca, el que tengamos un/a acompañante espiritual, con el/la que podamos hablar abiertamente de nuestros sentimientos y comportamientos. Como creyentes no podemos olvidar que en momento de soledad extrema, como en el huerto de Getsemaní, la oración ofrece salida. La soledad se vence no encerrándose en un mismo sino invocando al Señor, porque el Señor escucha el grito del que está solo.
Nos llena de esperanza saber que la soledad que mata no es irreversible. Con el acompañamiento, escucha y vínculos significativos, muchos pueden recuperar su bienestar y sentido de pertenencia. Pongámonos manos a la obra. Trabajemos juntos: iglesia, familia, sociedad. La causa lo merece.
Vuestro pastor y hermano que os bendice en el Señor
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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