El año 2025 estuvo marcado, entre otros acontecimientos eclesiales, por la celebración de los 1.700 años del concilio de Nicea, un evento que tuvo lugar en el 325 d.C., y que es clave para la unidad y doctrina cristiana desde su inicio; un acontecimiento decisivo para la Iglesia universal y fundamental para los cristianos de hoy; un acontecimiento, según palabras del papa Francisco en la bula de convocación del Jubileo que hemos celebrado el pasado año, que “marcó un hito en la historia de la Iglesia”; un momento en el que define y proclama la fe en la salvación en Jesucristo y en el único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; un Concilio que, después de 1.700 años sigue hablando todavía hoy.
Este Concilio, el primero de carácter ecuménico, convocado por el Emperador Constantino respondió a la herejía de Arriano, que negaba la divinidad de Jesucristo y la misma condición de éste con Dios Padre. Participaron 318 obispos, entre ellos el español Osio de Córdoba, que presidió el Concilio. En aquella reunión se compuso el Credo o Símbolo que proclama la fe en Jesucristo, que es la única luz capaz de iluminar la vida entera de los hombres de todos los tiempo, y que es “consustancial al Padre”.
Con la palabra “homoousios” los Padres conciliares quisieron expresar el misterio más profundo de Jesucristo, de quien la Sagrada Escritura, sobre todo en el Evangelio de Lucas, da testimonio como Hijo del Padre. Su contenido además de claridad doctrinal es un ejemplo de inculturación, tomando la filosofía de la época para expresar lo que era característico de la fe cristiana. En el credo de Nicea, el Concilio volvió a expresarse como Pedro y con Pedro en Cesarea de Filipo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). El credo cristológico del Concilio se ha convertido en la base de la fe cristiana común. El Concilio es de gran importancia sobre todo porque tuvo lugar en una época en que la cristiandad aún no estaba desgarrada por las numerosas divisiones que surgirían más tarde. El Credo Niceno es común no sólo a las Iglesias orientales, a las Iglesias ortodoxas y a la Iglesia católica, sino también a las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma; por tanto, no debe subestimarse su relevancia ecuménica.
Como afirma León XIV, “el credo niceno es el corazón de la fe cristiana y la substancia de nuestra esperanza en los tiempos difíciles que vivimos”. Los Padres de Nicea quisieron firmemente permanecer fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la Encarnación, por la cual Dios ha salido a nuestro encuentro
en Jesucristo. Un Dios que, siendo Dios, descendió y se hizo hombre para divinizarnos a nosotros.
A la luz de lo dicho, es bueno que nos preguntemos: ¿Comprendemos y vivimos lo que decimos cada domingo cuando confesamos nuestra fe con la fórmula del credo, y lo que eso significa para nuestra vida? Más allá de
otras consideraciones, el Credo de Nicea nos invita a un examen de con- ciencia: ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él?
¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente cercano en todo momento?
El recuerdo de lo que sucedió hace ahora 1.700 años no puede quedarse en una simple conmemoración de un hito histórico, por importante que sea, sino que ha de ser un esfuerzo por construir un puente significativo entre el legado del pasado y el diálogo de hoy.. La semana de oración por la unidad ofrece a todos los cristianos del mundo y de diversas tradiciones la oportunidad de inspirarnos en esta herencia cristiana común que arranca del Concilio de Nicea y que ha de ayudarnos a crecer en el conocimiento de las otras Iglesias cristianas que profesamos la misma fe en Jesucristo como Hijo de Dios, sin perder de vista la unidad querida por Jesús: “Que todos sean uno, así como tú y yo somos uno” (Jn 17, 21).
Vuestro pastor y hermano
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

