En la pasada fiesta de Todos los Santos, el papa León XIV inscribió a san John Henry Newman entre los doctores de la Iglesia, nombrándolo copatrono, junto a Santo Tomás de Aquino, de todas las personas que forman parte del proceso educativo. Con ello León XIV desea que esta fi- gura imponente, por su cultura y por su espiritualidad, sirva de inspiración a las nuevas generaciones.
No quisiera que esta circunstancia pasara desapercibida en nuestra Iglesia de Mérida-Badajoz. Confieso que me siento particularmente atraído por esta personalidad. De ella cabe admirar su corazón sediento de infinito que, como decían los antiguos, nos hace pasar per aspera ad astra, a través de las dificultades hasta las estrellas. Si la un doctor de la Iglesia tiene como misión, según el papa san Juan Pablo II, enseñar, instruir y aclarar, me pregunto: ¿Qué nos pue- de enseñar hoy la figura de este nuevo doctor de la Iglesia?
Newman, además de “dar una contribución decisiva a la renovación de la teología” (cardenal Ratzinger), nos enseña, en primer lugar, que “la santidad es el primer objetivo por el que hay que combatir”. La santidad no puede desaparecer del horizonte de nuestra vida, ya seamos sacerdotes, ya consagrados, ya laicos. Es bueno recordar esta vocación universal a la santidad para no adormecernos en la mediocridad espiritual. Todos estamos llamados a ser santos.
También nos enseña que hemos de defender la fe contra las derivas racionalistas del mundo moderno, contra el liberalismo religioso (según el cual “todas las creencias son válidas”), y una religión a la carta, y ver la Tradición como desarrollo fiel de la doctrina. Su búsqueda de Dios y de la plenitud de la verdad, dejando actuar al espíritu Santo en él, le llevó a convertirse en lo que algunos llamaron “peregrino de la verdad”. Ojalá todos nos convirtiéramos en “mendicantes” de la verdad, aunque ello nos haga sufrir, como le hizo sufrir a él, sin que por ello dejase de entregarse confiadamente al Dios Amor.
Una enseñanza importante para nosotros hoy se refiere a la lucha contra las adversidades. Hoy pienso en esta figura como ejemplo para enfrentarse a las dificultades; a un luchador contra el pesimismo que puede anidar en nuestros corazones y que tanto daño causa en nuestra vida y también en la vida de nuestra Iglesia particular. Pienso que es un ejemplo a seguir en la lucha contra la sombra del nihilismo, una de las plagas más peligrosas de la cultura actual que pretende, en palabras del papa Francisco, “borrar la esperanza”.
Como dice un conocido himno de Henry Newman, aunque la noche sea oscura y nos sintamos lejos de casa, no podemos caer en el pesimismo. Los cristianos en esto, como en otras muchas facetas de la vida, somos afortunados, pues en Cristo hemos encontrado la Luz amable que no deja de iluminar nuestras noches oscuras, tanto personales como institucionales. Es responsabilidad de todos nosotros sostener a los demás en la búsqueda de esa Luz amable y de sostenerlos frente a la tentación de dejarnos envolver por las sombras insidiosas del pesimismo y el miedo ante un futuro incierto. Nuestra Iglesia de Mérida-Badajoz no necesita profetas de desventuras, sino profetas de esperanza.
Partiendo de esta figura luminosa que nos ofrece la Iglesia, invito a des- armar las falsas razones para fomentar en nosotros el pesimismo, la resignación, la tristeza y la impotencia. Alimentemos, en cambio, las razones que nuestra fe en el Dios de la historia nos invitan a discernir y difundir las razones de la esperanza. En esta “siembra de esperanza” veo funda- mental el papel de la familia y de los educadores cristianos (catequistas, sacerdotes…) De todo ello depende la calidad evangélica de nuestra vida.
Finalmente quisiera subrayar su amor a la Iglesia católica. Su estudio de los Santos Padres y el cono- cimiento de las controversias de los primeros siglos le llevaron a descubrir a la Iglesia católica y a abrazarla radicalmente. Para él no era desconocido el pecado que aflige a la Iglesia, pero con todo, cuando en su búsqueda de la verdad comprendió que era la misma de sus admirados Padres de la Iglesia, no dudó en pedir humildemente la entrada en ella, en esa Iglesia “visible, con sacramentos y ritos que son canales de la gracia invisible”, como él mismo decía.
Henry Newman: un verdadero buscador de la verdad, un hijo fiel de la Iglesia, un Doctor de la Iglesia cuyas enseñanzas siguen teniendo ple- na actualidad.
Vuestro pastor y hermano
Fr. Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz
La palabra del Arzobispo

