La corrupción mata el alma

Queridos hermanos y hermanas:

¡El Señor os dé la paz!

De las palabras más repetidas en estos últimos tiempos es la palabra corrupción. Escuchamos los telediarios o cualquier otro noticiario, y la palabra corrupción se declina en todos los casos imaginables. Es más: parece que la realidad, también en este caso, supera la imaginación y con mucho.

En todas las esferas sociales unos se tiran piedras dialécticas a los otros con un “y tú más”. Basta ver lo que nos llega de los partidos políticos. No nos extrañe que la audiencia de los informativos esté decayendo.

Son muchos, yo entre ellos, que sentimos vergüenza y pena ante los insultos y reproches a los que asistimos constantemente. Y lo peor es que con ese “y tú más”, se está admitiendo que quien lo dice está reconociendo su propia corrupción y parece justificarla. Esto ya es el colmo. Es urgente que nos preguntemos:

¿Qué sociedad estamos construyendo? ¿Qué herencia estamos dejando a nuestros jóvenes?

En muchas ocasiones damos la sensación de que hemos perdido toda referencia no solo moral sino también ética. Y es que cuando no hay moral y falta la ética, nos comportamos como si todo estuviese permitido. Todos gritamos ante tal situación pero parece que nadie toma, ni quiere tomar, las medidas necesarias para acabar con esa plaga con la que parece que convivimos como si fuera normal, siendo así que no lo es o no debería serlo, ni mucho menos. Y de este modo lo único que hacemos es contribuir -y aquí todos hemos de asumir nuestras responsabilidades- al derribo del entramado social y a la desafección por las instituciones que tienen la responsabilidad de velar para acabar con la corrupción.

La corrupción nos envuelve por todas partes: corrupciones económicas, sexuales y de otras índoles. Y cuando hablamos de corrupción no hablamos de pecado, que es propio de toda condición humana, sino de delitos y crímenes intolerables. Y

¿Quién la paga?

A pagarla son los de siempre: las familias y los más vulnerables. Los pobres pagan la corrupción. El IX Informe de Foessa nos lo dice clara- mente. La corrupción es, en muchos casos, lo que hace que aumenten constantemente las personas y hogares res españoles en situación de pobreza y exclusión social.

La corrupción y el aumento de la pobreza han de interrogarnos como Iglesia para luchar contra toda clase de corrupción dentro de la misma Iglesia y para, desde una humilde confesión de nuestra culpa, llevarnos a ser un referente de transparencia, claridad y buenas prácticas desde la vivencia del Evangelio. No podemos acostumbrarnos a la corrupción. La corrupción es un proceso de muerte que nutre y acelera la cultura de muerte y mata el futuro de muchas de sus víctimas. La corrupción, decía el papa Francisco, “hace que se pudra el alma”.

Como Iglesia denunciemos la corrupción, como “cáncer” que corrompe el alma y las instituciones, incluida la Iglesia. La corrupción no se combate con el silencio. Oremos para transformarla, viéndola como el pecado más grave que roba la esperanza y degrada la dignidad humana. Pidamos para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual no se dejen dominar por la corrupción. Oremos por aquellos que pagan la corrupción, que pagan la vida de los corruptos, por esos mártires de la corrupción política, económica y eclesiástica. Escuchémosles. Luchemos contra la globalización de la indiferencia. Trabajemos por una cultura de la solidaridad. Abramos espacios de esperanza desde  el encuentro, la esperanza y el compartir.

Vuestro pastor y hermano

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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