La Palabra de Dios atraviesa los siglos

La palabra del Arzobispo

El día 25 de enero la Iglesia celebra el VII Domingo de la Palabra de Dios, bajo el lema “La palabra de Cristo habita en vosotros” (Col 3, 16). Esa Jornada tiene como objetivo mostrar la importancia de la Palabra
de Dios en la vida cotidiana del cristiano. Porque es revelación divina que guía, instruye y transforma; porque es alimento espiritual, luz para el camino, fuente de consuelo y fortaleza, y capacita al creyente para toda obra buena, la Palabra es fundamental en la vida del cristiano.

“El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo” (San Jerónimo). Comentando el pasaje que encontramos en Hch 8, 27ss que nos habla de un funcionario etíope que leía a Isaías y al que el diácono Felipe anuncia el Evangelio de Jesús (Hch 8, 35), san Jerónimo comenta en una de sus carta que Felipe muestra a su interlocutor a “Jesús que es- taba oculto y como aprisionado en la letra”. Detrás de cada palabra está la Palabra y su propósito es revelar la vida que se nos ofrecen en Cristo.

El apóstol Pablo, al escribirle a Timoteo, comparte el propósito y el poder de la Palabra de Dios: “Pero tú permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo
aprendiste. Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra” (2Tm 3:14-17). La Palabra, en todo momento y en cualquier circunstancias, nos ofrece la vida, la verdad y nos capacita para vivir plenamente para Dios. Como afirma el salmo
119, la Palabra trae bendición y pureza, re- quiere meditación, exige obediencia y otorga eterna
orientación y esperanza.

El Espíritu Santo es el verdadero intérprete de la Palabra y hace arder el corazón de la Iglesia y de cada cristiano, mientras nos explica las Escrituras. Por otra parte, siendo como es inspirada por el Espíritu
Santo (cf. 2P 1, 20-21), la Palabra de Dios es una Palabra que atraviesa los siglos –“cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24 35); “la hierba se seca y la flor se marchita pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40, 8)- y necesita de un lector que atraviese también los siglos: el Pueblo santo de Dio s que camina en la historia. Por eso, a fin de cuentas, decía san Hilario que “la Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos”.

A lo largo del día abrimos varias veces el móvil para ver los mensajes que nos llegan. Preguntémonos: ¿Cuántas veces abro la Biblia para escuchar los mensajes de Dios? El Salmo 119:105 declara que: “Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero”. ¿Las palabras del salmista son realidad en mi vida? La Palabra de Dios nos hace reflexionar sobre nuestros motivos y actitudes, nos revela lo que hay realmente en nuestro corazón y en nuestra mente. Es “viva y pode- rosa, y más cortante que cualquier es- pada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). ¿Nos dejamos penetrar, conquistar por la Palabra?

Queridos feligreses: La Jornada de la Palabra nos invita a estimar profunda- mente la Palabra de Dios, a familiarizarnos con ella, a escucharla con atención cuando la proclamamos en las celebraciones litúrgicas, a meditarla asiduamente, asimilarla y, particularmente los sacerdotes, a proclamarla con dignidad, lo que
requiere un buen conocimiento de la Sagradas Escrituras y una atenta preparación de la homilía y que ésta se centre en las lecturas bíblicas. Dejemos que la Palabra habite en nuestros corazones y, siguiendo el consejo que nos dejó el papa Francisco, “Trata de leer el evangelio por lo menos cinco minutos al día. Verás que cambia tu vida”. Amemos la Palabra, difundamos la Palabra y dejemos que ella habite en nuestros corazones y cambie nuestra vida. Vuestro pastor y hermano.


Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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