Hay 390 adoradores perpetuos
Desde el 29 de junio de 2014 Almendralejo cuenta con una capilla en la que se expone el Santísimo durante las 24 horas del día. El grupo inicial estaba compuesto por entre 30 y 40 personas, hoy son 390.
En España hay 40 capillas de Adoración Eucarística Perpetua, la de Almendralejo hizo la número 32, y siguen proliferando. Entre otros lugares, un grupo pone las bases para que se ponga en marcha en Badajoz.
En un mundo que corre demasiado deprisa y donde nos piden continuamente razón de nuestra fe, sentarse delante del Señor con regularidad es para cualquiera un lujo, pero para los que experimentan la cercanía de Jesús, es una necesidad que va modelando la vida, llenándola de sentido, haciéndola cómplice del Creador. Esa es la sensación que experimentan los que acuden al convento de las Clarisas de Almendralejo para adorar al Santísimo. En el año 2010 comenzó la adoración diurna, hasta que por fin hace poco más de año y medio, el día de San Pedro y San Pablo de 2014 se convirtió en perpetua con 390 adoradores, entre los que hay algunos que acuden de localidades cercanas como Aceuchal, Mérida, Zafra desde donde Mari Luz Medina hace el turno de 2 a 4 de la madrugada de los sábados, para lo que recorre 80 kilómetros, o Badajoz, distante 60 kilómetros, desde donde se traslada una médico para hacer el turno de las 5 de la madrugada.
Esos horarios, los de la noche, son según Avelino Ruiz Cortés, Coordinador General de la Adoración Perpetua almendralejense, los más difíciles de cubrir, si bien no falta gente que se compromete, como cada uno de los 390, a ponerse delante del Señor al menos una hora a la semana.
Un adorador confiesa, y así lo recoge la memoria de la Adoración, que “hay que tener siempre presente que el tiempo ante el Santísimo no tiene que ser el que marque el reloj, sino el corazón, la mente, el espíritu. Dejar vagar el pensamiento, que se mezcle con los sentimientos y esperar a que Dios tenga a bien acompañarnos. Y si aún así no somos capaces de contactar con Él, pues esperar a que sea Él el que tome la iniciativa. Porque lo hará, seguro”.
El cesto de las peticiones
La oración delante de Cristo sacramentado se hace comunión con los hermanos. Para potenciar esa comunión existe un cestito en el que todas las personas que lo desean dejan sus peticiones para que los demás oren por ellas. La mayoría de esas peticiones –confiesa Avelino Ruiz- se refieren a enfermedades, pero se encuentran muchas también que solicitan oraciones por matrimonios en riesgo de separación, padres de jóvenes enganchados a la droga o peticiones de un puesto de trabajo.
La intervención de Dios
Los adoradores cuentan cómo son testigos de la actuación de Dios, a veces con susurros y otras también de manera manifiestamente extraordinaria y llamativa. Una madrugada, en la que se encontraba una sola adoradora delante del Santísimo, vio cómo un hombre desconocido, de mediana edad, entró muy exaltado y, vociferando, se puso delante de la custodia, se tiró por el suelo en un estado preocupante que provocó miedo en la persona que se encontraba en la capilla, que temió por una profanación e incluso por su seguridad física. Este hombre se calmó poco a poco hasta que se marchó con una reverencia respetuosa. Al llegar a la altura de la mujer le confesó que la culpa de que esa noche no se hubiese suicidado la tenía “Ese que está ahí”.
Otra adoradora cuenta que una madrugada, en medio del silencio de la noche y la paz de la oración, escuchó mucho ruido a la puerta de la capilla. Eran jóvenes que venían de divertirse del botellón y al verlos entrar pensó que iba a haber problemas. Los jóvenes se sentaron en un banco y permanecieron allí en silencio, “como otros devotos más”, señala esta adoradora. Lo mismo se ha repetido más veces.
Junto a esos casos, nos cuentan otros de sanaciones, conversiones o cambios de vida, pero independientemente de esas intervenciones llamativas de Dios en la vida, el común denominador de todas las personas que se acercan con regularidad a Cristo sacramentado es que sienten el gozo de saberse queridos por Dios, cuyo amor y misericordia es tan grande, que se quedó en la Eucaristía para siempre, y eso cambia la forma de ver la vida y de vivirla.

