A continuación, reproducimos íntegramente el artículo “Días de primeras comuniones” que el arzobispo de Mérida-Badajoz, D. Celso Morga, escribe en la página 3 del nº 1.280 de “Iglesia en camino”.
Días de primeras comuniones
Es motivo de alegría, ver la ilusión que sienten los niños y niñas en estas fechas ya próximas a recibir por primera vez a Jesús. Durante un tiempo, la parroquia y los catequistas se han esforzado por transmitir a estos pequeños los contenidos de nuestra fe cristiana, de un modo adecuado a su edad.
La Primera Comunión es uno de los tres sacramentos que jalonan la iniciación cristiana, junto con el Bautismo y la Confirmación.
Esta situación nos invita a pensar en el papel de la familia cristiana en la transmisión de la fe, es decir en el ejercicio de la misión central de la Iglesia. Es insustituible la catequesis familiar, llevada a cabo por los padres, también por los abuelos, especialmente en las circunstancias actuales. Durante siglos la fe ha ido pasando pacíficamente de padres a hijos sin que cayéramos en la cuenta de la importancia que tenía esa transmisión en la vida de la Iglesia. Ahora, que ese proceso se ha alterado, comenzamos a echarlo de menos y valorarlo en lo que vale.
Podemos hacernos una pregunta apelando a nuestra propia experiencia. ¿Quién nos enseñó a rezar? ¿Cuándo, dónde y cómo aprendimos a creer en Dios, en Jesucristo, a invocar a la Virgen María? ¿Quién nos enseñó a distinguir el bien del mal? ¿Dónde aprendimos a vivir como cristianos?
Una sencilla observación sobre nuestra propia vida nos hace caer en la cuenta de que muchos de nosotros, al menos los de cierta edad, nacimos a la fe gracias a la ayuda de nuestra familia. Ellos nos llevaron al bautismo y ellos se encargaron de que creciera en nosotros personalmente la fe recibida.
En la mayoría de las familias cristinas, con la primera educación y las primeras ayudas para despertar en nosotros la vida consciente, se nos ofrecían las realidades de la fe, invitándonos a aceptarlas y tenerlas en cuenta con plena naturalidad. De este modo recibimos el anuncio y la presentación de las realidades divinas desde el inicio de nuestra vida consciente, junto con las demás aperturas hacia la realidad. Nunca recibimos una visión del mundo como algo cerrado, a la cual tuviéramos que añadirle más tarde la presencia de Dios como algo sobreañadido, sino que recibimos desde el primer momento una visión del mundo iluminada y transformada por la fe, en la que Dios estaba presente y actuante desde el principio; el mundo era criatura de Dios, todos éramos criaturas de Dios, los hombres éramos hermanos, la Iglesia ocupaba un lugar importante en la vida, existía un código de comportamiento universalmente vigente y aceptado que era de hecho el que provenía de la fe en Dios y en Jesucristo.
La fe así adquirida tiene unas características muy positivas que difícilmente se pueden adquirir de otra manera. El niño, en su relación con los padres y los hermanos, adquiere la imagen de su universo dentro del cual está Dios, Jesús, la Virgen María, el cielo y el infierno, el bien y el mal, la Iglesia y los sacramentos. Todo eso forma parte del mundo original en el cual situamos nuestra existencia. Y todo ello queda avalado por el testimonio de los padres, participando de los mismos sentimientos de confianza, cercanía, amabilidad que nuestros padres nos inspiran. Dios, Jesús, los santos forman parte del mundo familiar que configura nuestra más radical identidad.
La catequesis familiar debe preparar, acompañar y enriquecer la catequesis recibida por niños y adolescentes en la parroquia o en el centro escolar.
En esta catequesis serán de gran ayuda los elementos válidos de la piedad popular con sus devociones sencillas. Asimismo no se puede minimizar la importancia de la memorización de las palabras de Jesús, de los diez mandamientos, del credo y de algunas oraciones esenciales, siempre que se ayude a los niños a interiorizar y profundizar estas enseñanzas.
San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica “Tertio millenio adveniente” afirmaba que “el futuro del mundo y de la Iglesia pertenece a las jóvenes generaciones que, nacidas en este siglo, serán maduras en el próximo, el primero del nuevo milenio”. Así es. Por ello, vale la pena reflexionar sobre la cuestión vital de cómo transmitirles la fe en el ámbito familiar. En el plano religioso, si acertamos en este punto, todo lo demás “se nos dará por añadidura” (Mt 6, 33).
Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

