Artículo de D. José Rodríguez Carballo, arzobispo de Mérida-Badajoz
Artículo del arzobispo de Mérida-Badajoz, D. José Rodríguez Carballo, publicado en el nº 1.438 de Iglesia en camino titulado «Día de la Mujer».
****************************************
Queridos hermanos: ¡El Señor os dé la paz!
Cada año, el 8 de marzo tiene como protagonista a la mujer, lo que es celebrado de manera festiva o reivindicativa desde distintos ámbitos de la sociedad.
Ya en el primer libro de la Biblia, el Génesis, cuando se habla de la Creación, se deja meridianamente clara la igualdad de hombre y mujer: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27).
El hombre y la mujer son iguales en dignidad, somos exactamente iguales a los ojos de Dios. Por ello para los cristianos, esa característica va más allá del reconocimiento legal; para nosotros, los cristianos, la igualdad nace la condición misma de hijos e hijas del Creador. Ahora bien, esa igualdad no significa uniformidad, las diferencias propias del hombre y mujer, aportan una riqueza enorme a la sociedad. No es más digna la mujer por anhelar roles masculinos o al revés; desde su naturaleza, cada uno aporta elementos a un mundo plural que lejos de hacernos uniformes, nos une en un camino compartido.
En la Historia de la Salvación la mujer tiene un papel extraordinario. Por María entra el mismísimo Dios en la historia. “Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et spes, 22).
Sin el sí de la Santísima Virgen no hubiera sido posible la redención del género humano tal como Dios la pensó, hasta el punto de considerar a María corredentora. Desde la Encarnación, cambia radicalmente la relación del Creador con nosotros las criaturas. Era impensable el nacimiento de Cristo pobre en Belén, era impensable llamar Padre al mismísimo Dios (incluso en el antiguo Testamento, el profeta Isaías, que anuncia al Salvador, habla de Dios como una madre: “como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66,13)) y, para colmo de lo “increíble”, que la redención pasara por la Cruz del Redentor, “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor. 1, 23-24). Toda esta locura de amor entra en el mundo a través de una mujer.
La radical igualdad entre hombre y mujer, desde el momento mismo de recibir el soplo de vida, tiene continuidad a lo largo de su existencia. Así, por ejemplo, el matrimonio, la unión de un hombre y una mujer hecha sacramento, no es una relación de dominación ni es solamente un contrato de amor y compromiso, tiene como efecto que ambos son una sola carne (Gn 2, 24).
Sobre la figura de la mujer en la Iglesia han escrito muchos papas recientemente. El Papa Francisco afirmaba en vísperas del 8 de marzo de 2023 que “La mujer tiene la capacidad de tener juntos tres lenguajes: el de la mente, el del corazón y el de las manos. Y piensa lo que siente, siente lo que piensa y hace, hace lo que siente y piensa. No digo que todas las mujeres lo hagan, pero tienen esa capacidad, la tienen. Eso es estupendo”.
En su radiomensaje del 14 de octubre de 1956 a los participantes en la peregrinación al Santuario de la Virgen de Loreto, el Papa Pío XII recuerda “la gran dignidad de la mujer en momentos muy graves, cuando un turbio paréntesis de decadencia, debido sobre todo a las consecuencias de la guerra, había sacudido la confianza de muchos”. A las mujeres, añadía el Papa Pacelli, se les confía “el futuro del mundo”.
El 8 de marzo de 1998, el Papa san Juan Pablo II hablaba en el Ángelus de la mujer: “Somos lamentablemente herederos de una historia de enormes condicionamientos, que ha hecho difícil el camino de la mujer, a veces mal reconocida su dignidad, mal representadas sus prerrogativas y no pocas veces marginada”. A lo que añadía: “¡Cuántas mujeres han sido y siguen siendo valoradas más por su aspecto físico que por sus cualidades personales, su competencia profesional, sus obras de inteligencia, la riqueza de su sensibilidad y, en definitiva, por la dignidad misma de su ser! ¿Y qué decir, entonces, de los obstáculos que, en tantas partes del mundo, siguen impidiendo a las mujeres participar plenamente en la vida social, política y económica?”
Seamos conscientes de la riqueza que aportamos a la sociedad hombres y mujeres, cada uno desde nuestra forma de ser y estar en el mundo, y pongamos igualdad donde haya trabas, comprensión donde haya desconfianza y aceptación donde haya tentación de marginar.
En nombre de la archidiócesis de Mérida-Badajoz agradezco a las mujeres cercanas a la Iglesia el servicio que prestan a la Iglesia y a la sociedad y a la mujer en general todo lo que hacen en beneficio de la sociedad.
Vuestro pastor, hermano y amigo
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

