Gracias-Graciñas

GRACIAS, es la palabra que hoy brota, si cabe, más fuerte todavía que de ordinario hoy en mi vida. Permitidme que lo diga en mi lengua materna pues para mí tiene unas resonancias particulares: GRACIÑAS.

Queridos fieles, hermanos y hermanos de esta nuestra amada Iglesia de Mérida-Badajoz y todos los que nos seguís por las redes sociales, os escribo estas palabras con profunda emoción y ya desde casa, con alta médica, pero todavía en descanso relativo. Os escribo para haceros partícipes de los sentimientos que en estos momentos llenan mi corazón. Después de una prueba que no esperaba –así son las sorpresas del Señor y de la vida-, ya estoy en casa, pero pensando en lo que he vivido la pasada semana. El Señor me había enviado algunas señales que no supe o no quise interpretar y me desplomé. Esa es la palabra que sintetiza lo que viví en la Iglesia de San Agustín el día 10 de mayo durante la celebración de la Eucaristía. Gracias a los doctores que en aquel momento me socorrieron en la sacristía. Gracias al Vicario General que, ya por la tarde, antes de emprender nuestro viaje a Chipiona me insistió en que pasara por el hospital para que me viera un médico. Y allí, en el Universitario, me quedé una semana. Un largo día muy duro de espera en la sala de observación del hospital y luego en planta, en la habitación 403 que compartí con dos personas en situaciones graves de salud.

Hoy, ya en casa y muy contento por recuperar la salud, puedo deciros que para mí ha sido una semana de gracia en la que tuve de todo. Sentí miedo, no lo niego, pues los médicos poco a poco hicieron que tomara conciencia de la situación por la que atravesaba y que pudo ser muy grave. En esos momentos os confieso que para mí era un gran alivio la presencia de los capellanes quienes, además de las muchas visitas que me hacían durante el día, me traían al Señor en la Eucaristía. Era el momento más bonito del día. Ahí comprendí la importancia de los capellanes en un hospital. . Miedo sí, pero mucha gratitud, ese fue el sentimiento reinante en esos días. Se haría interminable la lista si me pusiera a enumerar los motivos que me llevaban a ello. La compañía constante de uno o dos sacerdotes de la diócesis, que a turnos me acompañaron sin dejarme solo un minuto, y de las hermanas de Marta y María, que de noche velaban a mi lado por mi descanso.

La compañía de la oración de nuestra Iglesia de Mérida-Badajoz y de otras muchas partes de cerca y de lejos. Sé que habéis rezado en las iglesias, en las procesiones, en público y en privado. ¡Qué hermoso es sentirnos familia! ! La compañía que me llegaba a través de los mensajes telefónicos de amigos de cerca y de lejos, de sacerdotes, obispos, consagrados, particularmente de las contemplativas, de laicos y de mis hermanos franciscanos y mis hermanas clarisas, de conocidos o no, que llegaron a bloquear en algún momento el teléfono. La compañía constante de los médicos que con su sabiduría y su trato amigable y profundamente humano hicieron más llevadera la semana, y de las enfermeras y personal sanitario que repartían constantemente su sonrisa. La compañía y el “magisterio” -sí, “magisterio”-, de los dos enfermos con
los que compartí habitación y de los familiares que los asistían.

¡Qué cátedra puede ser la habitación de un hospital! Te hace tocar la verdadera realidad de la vida. La compañía y el calor de mi familia que cuando tuvieron noticia de mi ingreso en el hospital no dudaron en ponerse al camino o, los que no pudieron hacerlo, estaban en permanente contacto conmigo por teléfono.

No quiero dejar a nadie fuera de esta lista. Os tengo a todos en mi corazón. A todos les digo de corazón: Gracias, graciñas.

Al clero y a mi diócesis le digo además: Gracias por haberme hecho sentir profundamente que soy algo vuestro, gracias porque me habéis demostrado que me amáis. Si hasta ahora ya os amaba y mucho, solo Dios sabe cuánto os quiero, ahora me siento obligado a amaros más y mejor.

El amor siempre pide más. Y si antes estaba a vuestro servicio, pues para ello y solo para ello he sido enviado a
vosotros, ahora me siendo obligado a serviros con mayor entrega. Soy vuestro, me siento de los vuestros y quiero ser y vivir para vosotros en el Señor. Pensando en vosotros, hoy le repito al Señor lleno de gratitud: “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sal 15). Gracias, graciñas.

Y con mi gratitud fue mi oración. Pedí por todos vosotros, particularmente por los sacerdotes y seminaristas, por los que viven con gozo su vocación y por los que experimentan algún cansancio en el camino. Pedí, lo
llevo en mi corazón, por nuestro seminario y por las vocaciones. Pedí por los de “cerca” y por los de “lejos”. Los pobres, marginados, vulnerables y enfermos, como no podía ser de otra manera, también estuvieron muy presentes en mi oración.

Pero GRACIAS sobre todo y ante todo al Señor por mostrarse en mi vida, una vez más, como “el TODO:
el Bien, el todo Bien, el sumo Bien”, como cantaba san Francisco. Y con él a la Madre que particularmente en las advocaciones de Fátima, la Milagrosa y de los Dolores de Chandavila me acompañó siempre. Una vez más experimenté que mi vida sigue siendo un milagro del amor del Señor y de su Madre que cuidan de mí desde muy niño. “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho…?” (Sal 116).

Hermanos y amigos: os abrí mi corazón para manifestaros lo que en estos momentos siento: gratitud. Dad
gracias al Señor conmigo, y sigamos caminando juntos mientras el Señor lo quiera construyendo una Iglesia en salida que peregrina en nuestra querida tierra extremeña. Con la mirada puesta en el Señor, pongámonos en camino, pero siempre mano con mano, nunca en solitario. El Espíritu del Señor nos acompañe siempre. Feliz fiesta de Pentecostés. Una abrazo fuerte con mi bendición en el Señor.


Vuestro hermano y pastor.

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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