Queridos hermanos y hermanas de la diócesis: ¡El Señor os dé la paz! El inicio de curso nos ha mostrado cómo la religiosidad popular acerca a tanta gente, no ya a esos hermanos mayores en la fe que son los santos, sino al mismo Cristo y a su Madre Santísima.
Las celebraciones de “los Cristos” primero y de la Virgen en su advocación Dolorosa después, me ha lleva- do por diversas localidades. El lunes a Valverde de Leganés y a Villanueva del Fresno con sus fiestas alrededor de su “Cristo”. Ha sido una expresión numerosa, sencilla y rica al mismo tiempo, de fe. Lo vivido el lunes ratificaba mi experiencia de años anteriores en otras localidades de la Archidiócesis en las mismas fiestas.
Al día siguiente me tocó por la mañana en Chandavila, en La Codosera, y por la tarde en la Catedral con la Virgen de la Soledad. Ya sabéis que tengo una especial predilección por Chandavila, ese santuario mariano, donde la presencia de la Virgen se respira de una manera muy especial, y al que acudo cada vez que tengo ocasión. Por la tarde, los devotos de la Soledad, como viene siendo habitual, se congregaron por miles en el templo catedralicio, en la plaza y en las calles por las que transcurrió la procesión que devolvió la imagen de la patrona de la ciudad a su ermita.
Precisamente de la Catedral quiero hablaros en esta ventana semanal que me acerca a vosotros.
El jueves tenía la oportunidad de abrir la Puerta Santa que inaugura el Año Jubilar con motivo del 750 aniversario de la consagración de la Catedral.
El concepto de catedral evoca, en el imaginario colectivo, la imagen de un monumento grandioso, una obra maestra de la arquitectura que domina el perfil de la ciudad. Sin embargo, más allá de su innegable valor artístico, histórico y cultural, la Catedral posee una identidad teológica y jurídica fundamental: es el primer templo de la diócesis. Su importancia no reside principalmente en la altura de sus bóvedas ni en la riqueza de sus retablos, sino en su condición de sede de la cátedra, lugar litúrgico y simbólico desde el cual el obispo ejerce su ministerio de enseñanza, santificación y gobierno.
La palabra “catedral” deriva del latín cathedra, que a su vez proviene del griego kathédra, cuyo significado literal es “asiento”. En la antigüedad clásica, la silla no era una silla cualquiera; era elasiento oficial que ocupaba un maestro, un filósofo o un magistrado cuando se dirigía a sus discípulos o ejercía su autoridad. En el contexto
eclesial, la cátedra episco- pal es el asiento episcopal de la iglesia madre. Este asiento es el símbolo más
poderoso del magisterio del obispo.
Desde este lugar litúrgico, el obispo enseña a la porción del pueblo de Dios que le ha sido confiada, en este caso Mérida-Badajoz, custodiando la tradición apostólica y proclamando el Evangelio. La existencia de este asiento
es lo que otorga a todo el edificio el título y la dignidad de “catedral”. Posteriormente la palabra cátedra será asumida por las universidades, que nacieron bajo el amparo de las catedrales. La cátedra será el lugar desde el que enseña el catedrático.
Establecida la importancia de la Catedral como iglesia madre de nuestra archidiócesis, quiero invitaros a que peregrinéis durante el Año Santo a este templo. Además de orar y ganar el jubileo, podréis participar
en la gran cantidad de actividades que se han preparado, muchas de un nivel extraordinario. Vuestro hermano y pastor que os bendice de corazón.
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

