El 4 de abril se celebra la Jornada por la Vida
Cuando el Papa Francisco anunció el Año de la Misericordia, en los medios de comunicación se reproducía la autorización del Santo Padre para que cualquier sacerdote pudiese absolver el pecado de aborto, reservado a los obispos y a los penitenciarios de la Catedral
Este lunes, 4 de abril, se celebra la Jornada por la Vida y contamos con un testimonio privilegiado: el de María, que abortó hace 9 años y, tras un periodo de reflexión, se acercó a la Iglesia. Reconoce que el sacramento de la Reconciliación fue el inicio de la sanación de unas heridas difíciles de cerrar.
Hoy, además, acude a las puertas de un abortorio a decirle a las mujeres que entran que no lo hagan y ofrecerles ayuda. Ella sabe las consecuencias en primera persona y, aunque prefiere no salir en fotos, no tiene inconveniente en contarnos su experiencia.
María, ¿qué pasó hace 9 años?
Me quedé embarazada y pensé que ese niño destrozaba mis expectativas personales y profesionales. Era joven, estaba estudiando y tenía unos planes.
¿En ese momento eras creyente?
Bueno, yo creía en Dios, pero no era practicante. Estaba bautizada, había hecho la comunión, pero no iba a misa ni nada. Es verdad que era consciente de que lo que iba a hacer estaba mal, era algo malo. No tenía la conciencia tranquila, pero en la balanza ganó el mal.
Una vez que abortas, ¿cómo te sientes?
Mal, muy mal, muy mal, porque además de que sabía que estaba haciendo mal, a mí en el fondo me encantan los niños.
Simplemente pensaste que no era el momento…
Exactamente. Y decidí mal, porque eso no se olvida en la vida.
¿Cuándo eres consciente de que tienes una herida que tienes que sanar?
Me di cuenta enseguida. Incluso fui a psicólogos porque me encontraba muy mal. Yo sabía que me iba a sentir fatal, que era muy duro…
¿Pensabas que lo superarías en poco tiempo?
Sí, pero en lugar de olvidarlo, me sentía muy herida.
¿Cuándo te das cuenta de que en ese daño moral tiene mucho que decir el perdón, el amor de Dios?
Es cierto que el tiempo y la ayuda de los psicólogos hacían que me sintiera un poco mejor, pero estaba estancada. Me empecé a dar cuenta de que esas aspiraciones personales y profesionales, que me llevaron a abortar, no tenían tanto sentido como yo pensaba. Dejé de luchar por lo que quería.
¿Hay un momento de inflexión o es un proceso?
Es un proceso. Yo realmente no lo busqué, no es que un día pensara: “Es que tengo que confesarme” o “voy a ir a misa para que Dios me ayude para que me encuentre mejor”, no. Fue un proceso.
Pasó mucho tiempo, no fue al año ni a los dos años, pasaron varios años cuando empecé a ir a misa. Un día dije: “Me tengo que confesar, porque lo que he hecho es un pecado que tiene nombre y un nombre muy fuerte”.
¿Cómo fue ese momento en el que te sientes perdonada por el Dios de la vida?
Quise confesarme en una iglesia en concreto, que para mí era especial. Fui varios días, incluso me la encontré cerrada porque no sabía ni los horarios.
Vamos, que lo estabas buscando.
Sí, yo lo estaba buscando. Ya por fin un día me pude confesar.
¿Esa confesión fue un bálsamo inmediato o el inicio de un camino?
Fue el inicio de un camino, comencé un proceso de sanación que dura todavía. La confesión es un sacramento que nos libera de la culpa, que era lo que yo sentía, la culpa. Yo sabía que Dios me perdonaba, pero a partir de entonces comenzaba otro camino: perdonarme a mi misma por lo que había hecho, que es la culpa que más te machaca, es lo peor que puede existir. Saber que Dios me había perdonado me ayudaba mucho, porque si Dios me perdonaba, ¿cómo no iba a perdonarme yo?
¿Mantienes esa relación con Dios?
Sí, he profundizado en esa relación.

