Pascua, don y tarea

Queridos hermanos y hermanas: ¡El Señor os dé la paz! Seguimos celebrando la Pascua, el Paso del Señor. Y nuestros corazones se alegran cuando escuchamos de la madre Iglesia: Cristo ha resucitado. Y cuando respondemos desde la experiencia gozosa del encuentro con el Señor: Sí, verdaderamente ha resucitado. La Pascua no es solo el recuerdo de un acontecimiento del pasado, ni una celebración simbólica que se repite año tras año. Es, ante todo, la fiesta de una experiencia viva: la experiencia de Cristo resucitado en la propia existencia. Los primeros discípulos no creyeron en la resurrección porque alguien se la explicara, sino porque se encontraron con Él, vivo, presente, transformando su miedo en valentía y su tristeza en alegría. Esa misma experiencia está llamada a hacerse realidad hoy en la vida de cada creyente.

Vivir la Pascua significa reconocer que Cristo no es una idea ni un personaje del pasado, sino alguien que actúa en lo concreto de nuestra vida: en las heridas que cicatrizan, en el perdón que se concede, en la esperanza que renace cuando parecía apagada. El Resucitado se hace presente en lo cotidiano, muchas veces de forma discreta, pero real: en la Palabra que ilumina, en los sacramentos que fortalecen, en la comunidad que acompaña. Quien acoge esta presencia descubre que su vida no está cerrada sobre sí misma, sino abierta a una novedad permanente.

Sin embargo, esta experiencia no puede quedarse en lo íntimo o en lo privado. La Pascua lleva consigo una exigencia: la de dar testimonio. Así como los discípulos, después de encontrarse con el Señor, no pudieron callar lo que habían visto y oído, también el cristiano está llamado a comunicar, con su vida y con sus palabras, que Jesús está vivo. No se trata de imponer ni de convencer por la fuerza, sino de mostrar, con la propia existencia transformada, que la resurrección es una realidad que cambia el corazón y la manera de vivir.

Este testimonio se concreta en gestos sencillos pero elocuentes: en la paciencia ante la dificultad, en la capacidad de amar sin esperar recompensa, en la fidelidad en medio de las pruebas, en la alegría que no depende de las circunstancias. Allí donde un cristiano vive así, se hace visible la presencia del Resucitado. En un mundo tantas veces marcado por la incertidumbre, el desánimo o el individualismo, el testimonio pascual se convierte en un signo de esperanza creíble.

Por eso, la Pascua es, al mismo tiempo, don y tarea. Don, porque es Cristo quien sale al encuentro y se hace presente en nuestra vida. Tarea, porque esa presencia nos envía a los demás. Quien ha encontrado al Señor resucitado no puede guardarlo para sí: está llamado a ser testigo, a ser portador de una vida nueva, a anunciar con su propia historia que la muerte no tiene la última palabra y que Dios sigue actuando en medio de nosotros.

Vivir así la Pascua es dejar que la resurrección transforme la vida entera, convirtiéndola en un anuncio silencioso pero elocuente de que Cristo vive y camina con nosotros. ¡Feliz tiempo pascual! Que la luz de Cristo resucitado ilumine nuestro camino. Vuestro pastor y hermano

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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