Artículo de D. Celso Morga en el nº 1.317 de la revista diocesana “Iglesia en camino” y que reproducimos a continuación:
Queridos fieles:
Estoy seguro que, en estos días, ante las imágenes terribles de la guerra en Ucrania, sobre todo cuando se refieren al sufrimiento de niñas y niños inocentes, nos viene a la cabeza la pregunta de siempre: si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? ¿por qué este sufrimiento?
Sabemos que a esta pregunta, tan apremiante como inevitable y continua en nuestro íntimo, no puede darse una respuesta simple; no existe una respuesta simple. Podemos decir, sin embargo, que el conjunto de la fe cristiana constituye una respuesta a dicha pregunta. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no tenga que ver con dicho profundo e intenso interrogante. La cuestión del mal en el mundo aguijonea continuamente nuestra alma; nos interpela; nos causa inquietud; nos desasosiega; nos intranquiliza. La fe misma viene puesta a dura prueba, pero, paradójicamente, es en la fe donde podemos encontrar respuesta, aunque no sea simple ni fácil. Es en el conjunto de la fe cristiana que podemos apoyarnos: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que siempre nos espera…y, sobre todo, la Encarnación redentora del Hijo de Dios: Jesucristo.
De todo ello pienso hoy 25 de marzo, nueve meses antes del 25 de diciembre en que celebramos el nacimiento de Jesús. Celebrábamos ese día la Encarnación en plena Cuaresma, pero ello no impide que salgamos por un día del clima austero y penitente de la Cuaresma para alegrarnos una vez más ante la consideración de este gran y definitivo misterio cristiano, que, por otra parte, está íntimamente ligado a su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los Cielos.
Tomando la frase del Evangelio de san Juan, la Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios haya tomado nuestra naturaleza humana para llevar a cabo, por ella, nuestra salvación. San Pablo -tomando sus palabras, probablemente, de un antiguo himno de los primeros cristianos- dice que “Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó a Sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a Sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 5-8).
La fe en la verdadera Encarnación del Hijo de Dios, en su Pasión, Muerte en Cruz y Resurrección, es, si Dios nos concede la gracia de verlo y experimentarlo, una respuesta que puede saciar nuestra sed de bien, de bondad y de amor en el mundo. No por caso la fe en la Encarnación es el signo distintivo de la fe cristiana: “Podéis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, es de Dios” (1 Jn 4,2). En la primera carta a Timoteo leemos que este es “el gran misterio de la piedad”: “Él ha sido manifestado en la carne” (1 Tm 3,16).
Ese día también celebramos la Jornada por la Vida, este año con el lema: “Acoger y cuidar la vida, don de Dios”. La vida humana es el primer don de Dios, fundamento de todos los dones de la salvación; de ahí, el empeño de la Iglesia en defender el don de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural -contra viento y marea, podemos decir-, porque cada vida humana es don de Dios y está llamada a alcanzar la plenitud del amor y de la felicidad de Dios.
Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

