Este miércoles, de Ceniza, comienza la Cuaresma. Empezamos el tiempo de preparación a la Semana Santa que culmina con la Pascua
Bienvenida seas ¡oh santa Cuaresma! “Ciertamente no hay estación que no esté llena de los dones divinos; la gracia de Dios nos procura en todo tiempo el acceso a su misericordia. Sin embargo, es ahora que todos los corazones deben ser estimulados con más ardor a su crecimiento espiritual y animados a una confianza mayor, porque “el día en que fuimos rescatados” nos invita a todas las obras espirituales para su regreso. Así, con el cuerpo y el alma purificados, celebraremos el misterio que sobrepasa a todos los demás: el sacramento de la Pascua del Señor” (San León Magno, papa y doctor de la Iglesia, sermón 4º de Cuaresma).
Pues bien, para celebrar tan gran sacramento, la Iglesia nos da otro sacramento, llamado “de los cuarenta días” a semejanza de los días vividos por Jesús en el desierto, cuando se dedicó completamente a la oración y al ayuno. Cada año la liturgia cristiana nos prepara para la fructuosa celebración de los misterios pascuales. Tiempo de gracia que arranca con un signo humilde: la imposición de la ceniza, y unas palabras fuertes: “Conviértete y cree en el evangelio”. O bien: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.
Dos fórmulas, con connotaciones distintas, pero con un mismo objetivo: a la Fe se accede -y en la Fe se vive- mediante una conversión del corazón, caminando hacia el Padre que espera el retorno de su hijo, casi siempre huidizo y errante. La ceniza es polvo, pero también promesa de inmortalidad. La nueva vida surgirá de ella, pues sólo Dios es capaz de transformarnos en criaturas nuevas.
En este año -ciclo C del leccionario dominical- la mesa de la Palabra nos ofrecerá en su día el relato, en forma de parábola, del hijo pródigo, regalo de belleza sin par del evangelista san Lucas (cap. 15); y también -en contexto de acusación y perdón- la escena de la mujer adúltera (Jn 8) que finalmente no resulta ser condenada sino heredera de una esperanza de salvación. Detrás del oscuro pecado siempre está la luminosa misericordia divina, pero no por eso el pecador ha de relajarse en su impiedad. “Si no os convertís, todos igualmente pereceréis” (Lc 13) nos dirá con gravedad el Señor en el tercer domingo.
Orando con el Antiguo Testamento
Son tan ricos y abundantes los textos bíblicos del leccionario dominical que bien podría extraerse de ellos una profunda espiritualidad cuaresmal, ya sea a partir de la primera o segunda lectura, ya del salmo responsorial o del evangelio. Los textos cuando se oran son siempre nuevos. He ahí el milagro de cada oración. Pero, ¿por qué no contemplar este año el itinerario cuaresmal a partir de la primera lectura del Antiguo Testamento? Por algo la liturgia nos la sirve como primer plato a degustar. Hagamos la prueba.
I Domingo de Cuaresma
En el primer domingo la primera lectura nos llega del Deuteronomio (cap. 26): la profesión de fe del pueblo elegido. “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto. Después se hizo una nación grande, pero el Señor nos sacó de allí con mano fuerte y brazo extendido, y nos dio esta tierra que mana leche y miel”.
II Domingo de Cuaresma
Para el segundo domingo se nos presenta el libro del Génesis (cap. 15). Dios hace alianza con Abraham el creyente. “Mira el cielo y cuenta las estrellas si puedes… pues así será tu descendencia”. Nosotros somos por la fe hijos y herederos de Abraham el fiel.
III Domingo de Cuaresma
Para el tercer domingo el libro del Éxodo (cap. 3), el misterioso relato de la zarza ardiente. “Yo-soy me envía a vosotros”. Es el nombre de Dios para siempre, tan cercano a aquel otro que recibe el Hijo Emmanuel (El que es, está con nosotros), nombre divino grabado en nosotros renacidos del agua y del Espíritu.
IV Domingo de Cuaresma
Para el cuarto domingo el libro de Josué (cap. 5): el pueblo celebra la primera Pascua, ya en la tierra prometida. Cesó el maná, y el pueblo empezó a comer de los frutos de la tierra de Canaán. También nosotros participamos, una vez regenerados, de la nueva y sustanciosa comida, el ágape del Cuerpo de Cristo, la pascua sacramental de la Eucaristía, término de la Cuaresma.
V Domingo de Cuaresma
Y finalmente, el quinto domingo nos encontramos con Isaías (cap. 43): “Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo”. Lo nuevo de Dios irrumpe pero no se improvisa. Hay que preparar la llegada de este aluvión de aguas medicinales que nos trae el Misterio Pascual. Mira por dónde la Cuaresma se torna en adviento -quizás por eso comparten ambos tiempos el mismo color morado- un adviento esperanza de algo totalmente nuevo, que realizará Dios cuando llegue la hora pascual de su Hijo y la efusión pentecostal del Espíritu. Será cuando el sublime y triple Aleluya sea cantado con inefable gozo, después de haberlo “guardado” en nuestros corazones durante toda la Cuaresma, según reza la antífona de la liturgia ambrosiana para el primer domingo de Cuaresma:
“Aleluya. Cierra y sella tus palabras, aleluya, y descanse en vuestros interiores, aleluya, hasta el tiempo constituido y con gran gozo diréis aquel día, cuando llegue, aleluya, aleluya, aleluya”.
¡No! Definitivamente la Cuaresma no es para la tristeza, con la excusa de la penitencia. El Prefacio I nos lo dice: “Por Cristo concedes bondadosamente a tus hijos anhelar gozosos, año tras año, con el alma purificada, la solemnidad de la Pascua”. Gozo que será plenamente colmado, cuando acabado el desierto, lleguemos a la montaña santa y experimentemos sus maravillas (pref. V).
José Manuel Puente
Delegado Episcopal Liturgia


