En el inicio de la Cuaresma del año 2022
Carta a los sacerdotes
Cuaresma del Año del Señor 2022
Queridos sacerdotes,
Pensando en todos y cada uno de vosotros, quiero expresaros, al inicio de esta cuaresma del año del Señor 2022, mi cercanía y mi agradecimiento más sincero por vuestra entrega y servicio a nuestra Iglesia diocesana. Os agradezco de corazón, de parte del Señor, cada servicio, cada trabajo, cada predicación, sobre todo cada Eucaristía y administración de los sacramentos, que realizáis con espíritu de servicio tan característico de nuestro sacerdocio ministerial. Agradezco a don Antonio Bellido y a don José Manuel Puente la predicación del retiro de cuaresma.
Dejadme que os recuerde una vez más la dignidad sublime, la belleza y hermosura de nuestra vocación y de nuestro sacerdocio, que hacia exclamar al Cura de Ars: “si se comprendiese bien qué es el sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de amor”. Ello no nos debe enorgullecer para nada porque todo es gracia y elección gratuita del Señor. Ha de ser una invitación constante a vivir la responsabilidad única que tenemos ante Dios y ante los hombres.
Papa Francisco, hace unos días, en una intervención con motivo de un Congreso en Roma sobre el sacerdocio ministerial – que os invito a leer y meditar durante esta cuaresma – nos recordaba las “cercanías”, en las cuales se desarrolla nuestra vida sacerdotal.
Cercanía con el Señor, en primer lugar. Decía Papa Francisco que la vida del sacerdote es toda ella historia de salvación. La vida de todo el Pueblo de Dios es historia de salvación y, dentro de ella, mi vida, como bautizado y sacerdote ministerial, es historia de salvación. ¡Somos bautizados! «Constituye siempre una gran tentación vivir un sacerdocio sin el Bautismo (…) es decir, sin acordarnos que nuestra primera llamada es a la santidad», decía el Papa. Nuestra vocación, la llamada e invitación que el Señor Jesús continuamente nos hace es a la santidad. Dios lo que quiere de mi es que sea santo; que sea santo siendo sacerdote, como sacerdote, pero santo. De lo contrario, somos sacerdotes “sin bautismo”, como afirma el Papa. Ello nos pide una unión muy íntima y sincera con el Señor; ser hombres de oración, que no excluye debilidades, pero sí incluye lucha interior para levantarse y continuar el camino. No incluye “funcionalismo”; sí incluye “entrega generosa”; no incluye “hipocresía y doble vida”; sí incluye “unidad de vida y sinceridad”. Por favor, que nuestras debilidades no nos abatan. Tenemos asegurada por los sacramentos, la oración y la ayuda de nuestros hermanos la gracia sobreabundante para vencer y seguir caminando.
Hablaba también el Santo Padre de “cercanía” con el obispo, con nuestros hermanos sacerdotes y con todo el Pueblo santo de Dios, a cuyo servicio estamos de por vida. Me contaban que el Cardinal Ratzinger, siendo Prefecto de la Congregación de Doctrina de la Fe, al finalizar una de las reuniones con la Hermandad Sacerdotal San Pio X, fundada por Mons. Marcel F. Lefebvre, comentó: “no se dan cuenta que sin el Papa no son nada”. También podemos decir: “sin el obispo no somos nada”, porque es quien nos une al Colegio episcopal con su cabeza el papa y, por ese medio, a Cristo, Único y Supremo pastor. No hay otro medio. No hay otro camino. La unión efectiva y afectiva con el obispo, aunque a veces cueste, es necesaria. También la unión con nuestros hermanos sacerdotes: la fraternidad sacerdotal. Soy testigo que, en nuestro presbiterio, se vive la fraternidad y la amistad sacerdotal. He visto muchos detalles y acciones de fraternidad y amistad sacerdotal desde que estoy en nuestra Archidiócesis de Mérida-Badajoz. Pero también estoy seguro que podemos mejorar. A veces, cuando hablamos de fraternidad entre nosotros puede venir al corazón y a los labios una sonrisa socarrona fruto quizás de alguna experiencia negativa. Alguna vez he oído que es casi como una utopía. Pero antes de ver “la mota en el ojo de tu hermano”, me pregunto y te pido preguntarte: “¿qué hago yo, en concreto, para ser hermano de mis hermanos, amigo de mis amigos? La ausencia de verdadera fraternidad empieza por uno mismo, no lo olvidemos. Recuerda la máxima de san Juan de la Cruz: “pon amor donde no hay amor y encontrarás amor”. Pregúntate cada noche, en el examen: “¿Estuve dispuesto a servir, a querer de verdad, a ayudar, a dar las gracias, a disculpar, a perdonar, a no hablar mal de nadie, a hacer la corrección fraterna de tú a tú si lo he considerado atentamente delante del Señor y lo he consultado con quien habitualmente abro mi alma? Así se realiza la historia de la salvación en mí; así es el bautismo hecho realidad en mi vida. ¡No podemos quedarnos solos! Debemos cultivar la amistad con otros sacerdotes. A propósito de ello, el Papa habló muy claro sobre el celibato: “El celibato es un don que la Iglesia latina custodia, pero es un don que para ser vivido como santificación requiere relaciones sanas, vínculos de auténtica estima y de genuina bondad que encuentran su raíz en Cristo. Sin amigos y sin oración, el celibato puede convertirse en un peso insoportable y en un anti testimonio de la hermosura misma del sacerdocio”.
La cercanía al Pueblo santo de Dios no es un deber sino una gracia. Es la cercanía del Buen Samaritano que no pasa de largo, que se inclina ante “las heridas de su pueblo, el sufrimiento vivido en silencio la abnegación y sacrificios de tantos padres y madres por llevar adelante sus familias, y también las consecuencias de la violencia, la corrupción y de la indiferencia que a su paso intentan silenciar toda esperanza”. No podemos defraudar al Pueblo santo de Dios. En medio del Pueblo santo de Dios y de toda la sociedad, el sacerdote es la presencia como Cabeza y “la imagen viva de Dios Padre”, según la bella expresión de san Ignacio de Antioquia.
En este tiempo tan doloroso por la situación de la guerra en Ucrania, os ruego que pidamos al Espíritu de Dios para que nos conceda el don de la paz, se destruyan las ambiciones injustas del poder y se busque siempre el bien común.
Necesito pediros perdón, al inicio de esta Cuaresma, por mis omisiones y faltas de verdadero amor e interés por las necesidades y expectativas de cada uno. Soy consciente de mis límites. ¡Os deseo una Pascua de verdadera resurrección espiritual!
+Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

