¡Feliz Navidad!

Queridos hermanos y hermanas: ¡El Señor os dé la paz!
“Os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 10-11).
Este jueves celebramos la Navidad. Dios, que habló desde antiguo por los profetas, viene a nosotros tomando nuestra condición humana para hablarnos directamente. Y no solo con palabras. Su “tarjeta de presentación” es clara: nace en una ciudad casi despreciada, sin un lugar cómodo para nacer, perseguido desde el principio por Herodes y crucificado finalmente por Pilatos.
Para unos esto es escándalo, para otros necedad, como nos recuerdan las Sagradas Escrituras: “Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -sean judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor. 1,22-24).
La luz de Cristo disipa las tinieblas y la ignorancia. Dios busca un lugar en nuestros corazones. Precisa del sí de María y del silencio de José, se acomoda en la sencillez de los pastores y en la búsqueda de los Reyes Magos.
En este contexto navideño me dirijo a todos vosotros, que formáis parte de esta Iglesia que peregrina en Mérida-Badajoz para felicitaros estas fiestas que para nosotros, cristianos, no son simplemente las “fiestas de invierno”, como quiere nuestra cultura laicista, sino la “fiesta de las fiestas”, como la llamaba san Francisco de Asís, por recordarnos el amor sin límites de Dios a la humanidad, manifestado en el nacimiento de Jesucristo, el “hijo eterno del Padre”, nuestro Salvador. En este sentido, nosotros no celebramos una fecha, sino un hecho que cambió la historia de la humanidad y que san Juan resume en el Prólogo de su Evangelio con estas palabras: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).
¡Felicidades!, queridos hermanos y hermanas: que la Paz (shalom) “a los hombres amados por el Señor”, anunciada por los ángeles a los pastores (Lc 2, 14), reine en nuestros hogares, y que la alegría que inundó las tierras de Belén por el nacimiento “del Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11), llene nuestros corazones.
Sí, hermanos y hermanas, motivo hay para tanta alegría. Dios comparte nuestra humanidad, menos el pecado, entiende nuestros sufrimientos y se da como consuelo, nos rescata del fango y nos ofrece la salvación.
Es Navidad: las distancias han desaparecido, el cielo se ha unido con la tierra, vistamos nuestro corazón de lino limpio y resplandeciente (cf. Ap 19, 7).
¡Feliz Navidad! A nuestro deseo de una feliz Navidad para todos, se une el “Feliz Navidad” que nos desea nuestro Dios, el único que puede decirlo con verdad.
Dios soñó aquella noche un mundo habitado por la esperanza, por la alegría, por la osadía de los enamorados, por la locura de los que creen; un mundo en el que el lobo habitaba con el cordero, en el que la pantera se tumbaba con el cabrito, en el que leones y novillos pacían juntos (cf. Is 11, 6-9); un mundo en el que entraba perdedor con los perdedores, derrotado con los derrotados, excluido con los excluidos, desplazado con los desplazados, crucificado con los crucificados de la tierra.
Pregúntate: ¿Estoy dispuesto a ir por la vida perdedor con los perdedores, derrotado con los derrotados, excluido con los excluidos, desplazado con los desplazados, crucificado con los crucificados de la tierra?
Esta es la noche en la que, dándonos a su Unigénito, Dios nos declara su amor. Para Dios y para nosotros, esta es una noche “cambianombres”, porque en esa nuestra noche, humilde y oscura, Dios ha venido a “cambiar nuestra condición, nuestra situación”; Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8, 9).
Contemplemos tan grande misterio de amor; alegrémonos y regocijémonos, pues el Señor está en medio de nosotros, se alegra con nosotros, nos renueva con su amor, exulta y se alegra con nosotros (cf. Sof 2, 14. 17). La suerte de la humanidad ha cambiado, y “ya no nos llamarán abandonados, pues somos sus predilectos (cf. Is 62, 4. 12), por ello el Señor nos busca con pasión (Cant 6, 11); y con júbilo podemos decir: “Mi amado es mío y yo soy de mi amado” (Cant 2, En esa nuestra noche, humilde y oscura, […] Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.
¡Vamos juntos a Belén! Despejemos el camino, allanemos la calzada, limpiémosla de piedras, pues llega nuestro salvador (cf. Is 62, 10). Volvamos al “primer amor”, si es que lo hemos abandonado (Cf. Os 2, 9); hagamos fiesta, la fiesta de los redimidos, la fiesta de los enamorados.
Cultivemos el asombro al ver al Hijo de Dios envuelto en pañales y recostado en un pesebre (cf. Lc 2, 12). Y entonces será Navidad, y estaremos apostando por una Iglesia en salida, pues es imposible encontrarse con Jesús y no anunciarlo a todos los hombres de buena voluntad; porque es imposible adorar a Jesús y no servirlo en los demás, particularmente en los pobres.
Os deseo una Navidad en compañía de toda vuestra familia, una Navidad vivida desde Dios, el único que puede llenar nuestros corazones.
Vuestro pastor y hermano
 Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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