Jueves Santo

Con la Misa de la tarde del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella Última Cena, «en la cual el Señor Jesús en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también los ofreciesen».

En la celebración se pone el foco en tres acontecimientos que tienen su origen en la Última Cena: la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna. Por eso la Iglesia celebra el Jueves Santo el día del Amor Fraterno.

También se recuerda el lavatorio de los pies, que manifiesta el servicio y el amor de Cristo, que ha venido “no a ser servido, sino a servir”.

Después de la misa, el Santísimo Sacramento queda reservado, en un sagrario o en una urna, para su adoración en una capilla que invite a la oración y a la meditación.

HACED VOSOTROS LO MISMO

Homilía Mons. José Rodríguez Carballo

Jueves Santo 2025 – Catedral Metropolitana de Badajoz

Queridos hermanos: ¡El Señor os dé la paz!

Jueves Santo: Con profunda emoción también nosotros subimos, con la mente y el corazón a la “sala superior” (cf. Lc 22, 12), para participar, como los discípulos, de lo que allí, en el cenáculo, durante la celebración de una cena familiar de Jesús con sus discípulos, está sucediendo. Y para ello nos dejamos llevar de la mano de la liturgia de este día, centrada toda ella en la memoria de esa cena; una cena que va más allá de la cena pascual judía.

Un detalle importante: los sinópticos que nos narran la institución de la eucaristía (cf. Lc 22, 19-20) no nos narran la escena del lavatorio de los pies, y Juan, por su parte, que narra el lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1ss) no narra la institución de la eucaristía, tal vez porque ya la narró de otro modo en el capítulo sexto, en el discurso del pan de vida.

Probablemente los discípulos no entendieron nada de lo que estaba sucediendo en aquella memorable cena. La protesta de Pedro cuando Jesús quiere lavarle los pies nos lo está indicando (cf. Jn 13, 6ss). Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras, está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros sus discípulos. Por eso, la liturgia de hoy es de las más densas de todo el año.

Todo sucede en una atmósfera de despedida. El evangelista Juan introduce el relato con estas palabras: “Sabiendo Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, les demostró su amor en el más alto grado” (Jn 13, 1). Y concluye así el relato: “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Me llamáis “Maestro” y “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14).

Con el lavatorio de los pies, gesto que solo hacían los esclavos, Jesús quiere mostrar que está entre los suyos como el que sirve, pues para eso ha venido: “No he venido para ser servido –dirá más tarde- sino para servir” (Mt 20, 28). Lo importante no es el lavatorio de los pies en sí mismo, sino el simbolismo que encierra. Tal vez Juan se encontró con un hecho: La eucaristía se había convertido ya en algo formal y el cuarto evangelista, con el relato del lavatorio de los pies, nos quiere recordar a Jesús como don, como entrega. Invitando a sus discípulos a hacer lo mismo nos recuerda que la verdadera grandeza humana está en parecerse a Dios que se da siempre y a todos sin condiciones ni reservas. Eso es lo que identifica al discípulo de Jesús, por eso, poco después, dirá: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34) 31). Para el que quiera seguir a Jesús todo se concentra en esto: Amar. Amar es el primero y fundamental mandamiento: “El primer mandamiento es este: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. El segundo es semejante a este: amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,36-40).

En este contexto hemos de entender la Eucaristía: como sacramento del amor, como sacramento en el que Jesús se entrega por nosotros. Poniendo la institución de la eucaristía en relación con el lavatorio de los pies es como si Jesús dijera: Yo estoy aquí, realmente presente en la eucaristía, para mostrarte que mi existencia tiene como objetivo darme, entregarme; yo estoy aquí para ser pan partido; yo estoy aquí para ser cáliz derramado; yo estoy aquí para ser don para los demás. Y otro tanto estáis llamados a hacer vosotros que comulgáis con mí cuerpo y sangre si queréis ser mis discípulos: entregarse, darse en favor de los demás, ponerse al servicio de los demás hasta deshacerse por ellos. En este sentido, los cristianos hemos de ser hombres y mujeres de la memoria: hombres y mujeres que mantienen vivo e recuerdo y la tarea de Jesús. La enseñanza es clara: Acercarnos al sacramento de la eucaristía comporta acércanos a los demás. Comer su carne, beber su sangre nos lleva a identificarnos plenamente con Jesús, pero nos ha de llevar también a ponernos al servicio de los demás. ¿Cómo vivo yo mis eucaristías? ¿También son expresión de mi vida partida y repartida entre los hombres? ¿Cómo doy mi vida a los demás? La presencia real de Jesús en la eucaristía ha de llevarnos a comprometernos en favor de los demás. Por algo hoy es el día del amor fraterno.

En el contexto de la última cena, Jesús, además de la instrucción de la eucaristía, instituye el sacerdocio ministerial. Por voluntad de Jesús, el sacerdote actúa en el nombre y en la persona de Cristo para el bien de los demás. Como Jesús, el sacerdote ha de comportarse como siervo, nunca como amo, dispuesto a lavar los pies a todos los que encuentra en su camino. 

El sacerdote es consagrado para servir predicando el Evangelio, particularmente a los pobres, celebrando el culto divino, sobre todo la Eucaristía de la cual prende fuerza su ministerio y ser pastor de los fieles (Cf. CIC 328), y, en definitiva, haciendo suyo el programa de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16ss). En este Jueves Santo. Mientras damos gracias a Dios por los sacerdotes con que nos bendice, pedimos, una vez más, al Dueño de la mies que nos dé sacerdotes santos para la Iglesia y particularmente para nuestra Archidiócesis.

Gracias Señor, porque en la última cena partiste tu pan y vino en infinitos trozos, para saciar nuestra hambre y nuestra sed…

Gracias Señor, porque en el pan y el vino nos entregas tu vida y nos llenas de tu presencia.

Gracias Señor, porque nos amaste hasta el final, hasta el extremo que se puede amar: morir por otro, dar la vida por otro.

Gracias Señor, porque quisiste celebrar tu entrega, en torno a una mesa con tus amigos, para que fuesen una comunidad de amor.

Gracias Señor, porque en la eucaristía nos haces UNO contigo, nos unes a tu vida, en la medida en que estamos dispuestos a entregar la nuestra…

Gracias, Señor, por el don del sacerdocio. Gracias Señor por todos los sacerdotes que, como tú, son pan partido, cáliz derramado por los otros.

Gracias Señor porque sigues llamando a jóvenes a ser tus ministros, dispensadores de tu Palabra y de tu Cuerpo y Sangre. No dejes de llamar y haz que siga habiendo jóvenes generosos que respondan a esa llamada.

Gracias, Señor, porque nos amas hasta permanecer todos los días con nosotros en la eucaristía. Gracias Señor.

Arzobispado de Mérida-Badajoz
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.