16 de julio, Virgen María del Monte Carmelo

En las primeras décadas del siglo XIII, en la falda del Monte Carmelo que mira a Haifa (Palestina), se establecieron unos ermitaños latinos queriendo seguir el ideal del profeta Elías, cuya figura estaba ligada a aquellos lugares desde los tiempos bíblicos. Tuvieron la ocurrencia de dedicar la capilla que estaba en medio de las celdas a Santa María, y desde entonces comenzaron a ser conocidos como los “Hermanos de Santa María del Monte Carmelo”. Allí, por tanto, nació este título mariano que, no tardando mucho, al tener que abandonar aquellos primeros carmelitas la Tierra Santa a causa de la invasión musulmana y emigrar a Europa, se extendió por todo el continente europeo. Los carmelitas siempre solían dedicar sus iglesias a la Virgen.
Entonces, de la misma tierra de Jesús y de un contexto geográfico muy cercano al mar, nos viene esta devoción mariana, también muy querida y difundida por Extremadura, que es a la vez tierra de montaña, de conquistadores y de tanta tradición mariana.
Resulta enigmático que en esta tierra extremeña primero haya venido la devoción a la Virgen del Carmen y, luego, la presencia de la Orden de los carmelitas, sobre todo en su rama femenina, porque las fundaciones carmelitas en Extremadura son más bien un hecho tardío. Ha sido el pueblo sencillo quien ha implantado por estas tierras el amor a la Virgen del hábito pardo y del escapulario. La primera fundación carmelitana en Extremadura se hizo en Plasencia (1628), patrocinada por el amigo de santa Teresa, el obispo placentino Don Sancho Dávila, de la familia ducal de Alba; luego se fundó el Carmelo de Talavera la Real (1637); todavía en el siglo XVII el de Fuente de Cantos (1652) bajo la jurisdicción de las Órdenes Militares. Años después fundarían las monjas en la ciudad de Zafra (1704-2000) y, posteriormente, en Badajoz (1733), ambas bajo la obediencia del obispo pacense. La última fundación femenina es la del Carmelo de Don Benito (1833) con monjas del monasterio teresiano de Medina del Campo. Mientras que los frailes carmelitas descalzos, primero se establecieron en Zafra (1909-1982), un convento que luego trasladarían hasta la misma capital, Badajoz (1982-2019), y cuya presencia ha sido recientemente clausurada. De este modo ahora son las carmelitas descalzas, hijas de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz las encargadas de propagar y mantener esta devoción a la Virgen del Carmen por estas tierras extremeñas.
La Virgen del Carmen, o Santa María del Monte Carmelo, como era su título primigenio, tiene, por tanto, un origen palestino, de la misma tierra de Jesús, no lejos de Nazaret y, además nació ya vinculada al mar, porque éste se divisa desde el promontorio del Monte Carmelo. Es una devoción mariana ligada a la historia de una Orden o familia religiosa, la de los Carmelitas, por lo que venerar a la Virgen del Carmen quiere decir hacerlo como siempre lo han hecho esta antigua familia religiosa. Es además una devoción mariana que depende de la rica tradición espiritual y mística de esta Orden. La mística carmelitana representada por figuras muy reconocidas a nivel mundial, tales como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Teresita del Niño Jesús, Isabel de la Trinidad, Edith Stein…, es una de las corrientes místicas más fecundas y universales de la Iglesia Católica, en cuya doctrina la presencia de María no es casual. La Virgen representa la mejor realización de ese ideal espiritual. Por lo que si es verdad que ésta será conocida sobre todo como la Virgen del escapulario que ofrece ayuda en la salvación, en los peligros de la vida cristiana y del mar; pero no es menos la Virgen de la contemplación y de la unión con Dios que nos ayuda en esa ardua tarea de escalar el monte de la perfección. Su mismo título (Santa María del Monte Carmelo) nos recuerda que la vida cristiana es escalada, esfuerzo, subida hasta la cumbre del monte donde habita Dios. Tendremos que recuperar mucho en este sentido más original de la devoción mariana, es decir, a través de la Virgen del Carmen el poder lograr descubrir y cultivar esa necesaria dimensión contemplativa de nuestra vida cristiana. Y solo así estaremos en comunión con la mejor tradición mística y mariana de la Iglesia, la del Carmelo.
Carmelitas Descalzas de Badajoz
