Pascua: Resurrección de Jesús y nacimiento de la Iglesia

Han llegado los días más alegres del año. Después de acompañar a Cristo en su camino hacia la Pascua, ahora que ésta ha llegado, siguen los cristianos profundizando en la espiritualidad de este tiempo, llamado pascual, que se extiende y prolonga hasta el domingo de Pentecostés.

De entre todas las semanas Pascuales, la primera semana, la semana blanca, es la más importante de todas. Es llamada así por las vestiduras blancas que los recién bautizados en la noche de Pascua llevaban puestas, hasta el domingo siguiente, el segundo de Pascua. La liturgia la denomina días dentro de la Octava de Pascua.

La mesa de la Palabra de esta semana ofrece con todo lujo de detalles los relatos de las primeras apariciones de Jesús glorificado: a las mujeres que salen corriendo del sepulcro vacío; a María Magdalena, que le confunde con el hortelano; a los dos discípulos de Emaús, que le reciben en su casa y le reconocen al partir el pan; a los Once en medio de una comida en Jerusalén; al amanecer, junto al lago de Tiberíades; y con los apóstoles de nuevo, junto a Tomás.

Estas apariciones del Resucitado que narran los evangelios y el libro de los Hechos refuerzan la débil fe de los discípulos; pero además manifiestan que la Resurrección fue un acontecimiento real que tuvo manifestaciones “históricamente comprobadas”.

Jesús se apareció a Cefas (Pedro) y a los Doce; a Pablo a las puertas de Damasco (Hch 9, 3-18); a más de quinientas personas a la vez, además de Santiago y los Apóstoles (cf. 1 Co 15,4-8). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás, y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

¿Cómo era el cuerpo de Jesús resucitado?

Pero, ¿cómo es esta nueva vida de Cristo? En primer lugar, no es un retorno a la vida terrena, al modo de las resurrecciones que Jesús había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. Sin embargo, la Resurrección de Cristo es esencialmente diferente.
En su cuerpo resucitado, él pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

Una Iglesia en diáspora y ministerial

Comienza aquí la historia de la Iglesia. Los apóstoles y sus inmediatos colaboradores, llenos del don del Espíritu Santo, salen de los estrechos límites de Judea y Galilea, y empiezan a predicar el Evangelio más allá de los confines del Pueblo Elegido. Pablo y Bernabé, según el libro de los Hechos, escrito por el evangelista san Lucas, realizan sus viajes misioneros por tierras de Asia y de Europa. Tadeo y Bartolomé predican e iluminan las tierras de Armenia. Juan, el único apóstol que no sufre el martirio, pero sí la persecución y el exilio en la isla de Patmos, se instala en Éfeso. Santiago, su hermano, irradiará, desde su tumba en Compostela, la fe de Cristo para los pueblos de Europa.

Por donde pasan siembran la fe, confieren el bautismo, celebran la Eucaristía, imponen las manos para transmitir el Espíritu Santo, ungen a los enfermos, reconcilian a los pecadores, instituyen los ministerios, ordenan los carismas, ayudan a los pobres, etc. Así, por la misión apostólica, nacen y crecen las iglesias particulares, en comunión con Pedro. También Pablo recibe junto a él el título de “columna de la Iglesia”. Es éste el primer signo visible de que Jesucristo ha resucitado. Su propia Iglesia es testimonio vivo de que el Viviente está con ellos.

La Iglesia que nace de la Pascua se reúne. Es el primer significado de la palabra “Ecclesía”: reunión, convocación, congregación. Es cristiano el que se reúne con otros cristianos, para profesar y celebrar la misma fe. El día por excelencia para esta reunión es el domingo, en memoria de la Resurrección del Señor.

Dice un antiquísimo catecismo de la Iglesia, la Didajé, también llamada La Doctrina de los Doce Apóstoles: “Reuníos el día del Señor, partid el pan y celebrad la acción de gracias, después de haber confesado vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro”.

Guardar y celebrar el domingo será la causa de muerte de muchos cristianos de la primera etapa histórica de la Iglesia. Como dijeron los mártires de Abitinia (s. IV) “sin el domingo no podemos vivir”. “Sine dominica non possumus”. Creer en el Resucitado tenía una consecuencia de orden litúrgico: celebrar la eucaristía. Esta acción era y es constitutiva de su ser. No se puede separar la predicación del evangelio sin “Partir el pan y celebrar la Acción de gracias de Jesucristo”. Mientras esta acción sagrada continúe viva y activa habrá evangelización y, por tanto, habrá Iglesia, la cual “existe para evangelizar”.

La Iglesia que nace de la Pascua antepone la reconciliación a la comunión eucarística. Sigue diciendo este catecismo: “Todo el que tuviera contienda con su prójimo, no se junte con vosotros hasta tanto se haya reconciliado, a fin de que no se profane vuestro sacrificio” (D14). Preciosa valoración de la eucaristía: lo que hace impuro el Sacrificio pascual no es cosa de formalidades externas, sino el hecho de romper la paz y la comunión con los hermanos.

La Iglesia que nace de la Pascua también se organiza. Surgen los obispos, los presbíteros y los diáconos. Además del sacerdocio bautismal, común a todos, se perfila cada vez más el sacerdocio ministerial, al cual acceden aquellos hombres que son verdaderamente “mansos, veraces y probados” (D 15).

¡Feliz Pascua de Resurrección! Aleluya, Aleluya.

José Manuel Puente Mateo