Se consagró el Santo Crisma y bendijeron los demás óleos.
La renovación de las promesas sacerdotales se ha pospuesto para el 4 de junio
En la mañana del 7 de abril se celebró en la Catedral de Badajoz una Misa Crismal atípica por varios motivos debido a la pandemia: la celebración se hizo sin fieles, a puerta cerrada, y en ella no participaron numerosos sacerdotes de nuestra diócesis, como es habitual, para renovar sus promesas sacerdotales como ocurre todos los años (esa celebración se ha pospuesto para el 4 de junio, fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote).
En ella, el Arzobispo de Mérida-Badajoz consagró el Santo Crisma y bendijo los demás óleos.
Con el Santo Crisma se ungirán los recién bautizados, los confirmados serán sellados, y se ungirán las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y los altares en su dedicación.
Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad.
El reparto de los Sagrados Óleos a las iglesias queda suspendido hasta que pase esta situación excepcional y se comunicará en su momento la forma de realizarse.
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HOMILÍA
A continuación, ofrecemos la homilía íntegra que D. Celso Morga pronunció durante esta celebración:
«Misa Crismal, 2020
«El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque Él me ha ungido» (Lc 4,16)
Queridos hermanos sacerdotes, Sr. Vicario general, Sr. Deán, queridas hermanas y fieles presentes hoy en tan corto numero en esta catedral metropolitana; queridos hermanos y hermanas, familias, jóvenes y niños, ancianos que seguís la santa misa a través de YouTube,
Celebramos esta Eucaristía, ¡tan entrañable, sobre todo para nosotros, los sacerdotes!
Somos pocos, pero representamos a todo el presbiterio y a toda la Iglesia particular de Mérida- Badajoz, reunida en torno a su Obispo y presbiterio.
Para todos nosotros, sobre todo los sacerdotes, es una tristeza y una contrariedad grande – que ofrecemos al Señor – no poder reunirnos en fraternidad y amistad, como todos los años, alrededor del altar y del Obispo para renovar nuestras promesas sacerdotales, esas mismas que hicimos gozosos el día de nuestra ordenación sacerdotal, no fiados en nuestras fuerzas, sino en el poder de Dios: «El Señor es el lote de mi heredad» (Sal 15).
Me vienen hoy a la mente estas palabras del salmo 15, que ponía la Iglesia en nuestro corazón y en nuestros labios, al menos a los sacerdotes de mi generación, cuando – con la tonsura y las órdenes menores – íbamos acercándonos a recibir el sacramento del orden. Nos animaba el Señor a dejar otras heredades y a confiar sólo en El. Y nosotros, temerosos e indecisos, le rogábamos: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti. Tu eres mi bien» (Sal 15).
Y así nos fue llevando de la mano el Señor hasta el día en que, por la ordenación sacerdotal, «nos santificó y envió al mundo» (Jn 10,36), haciéndonos partícipes de un modo cualitativamente nuevo, esencialmente diferente al del bautismo, de su ser sacerdotal para ofrecer el sacrificio de la Eucaristía y perdonar los pecados, para desempeñar públicamente el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres en nombre, es más, en la persona misma de Cristo Cabeza (cf PO, 2). Y hoy es el día en que la liturgia prevé la renovación gozosa de esas promesas. Este año no puede ser a causa de la pandemia que estamos sufriendo.
En la distancia, saludo con todo mi afecto de padre y hermano a todos los sacerdotes de nuestro presbiterio, hoy en sus casas, esperando poder reunirnos en esta nuestra catedral, en la próxima fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para renovar nuestro compromiso existencial con el Señor y con todo el Pueblo de Dios, al que deseamos servir con total generosidad y alegría espiritual. De verdad que nuestra vida sacerdotal “no sirve para nada si no se sirve” al Pueblo de Dios, si no la medimos desde el amor, como dijo el santo padre, en la homilía del Domingo de Ramos.
La Iglesia es, en su esencia, un gran sacramento, sacramento primordial, que prolonga en el tiempo y en el espacio la presencia misma de la humanidad de Cristo, sacramento original. El mismo, por medio de los sacramentos de la Iglesia, continúa – hoy y ahora – sanando y curando nuestras heridas y fragilidades. Los sacramentos muestran y comunican al Dios cercano – Creador, Redentor, Santificador – que llega con su misericordia a curar y fortalecer a sus hijos (cf. Exh. Apost. Querida Amazonia, n.84).
Consagramos el Santo Crisma y bendecimos los demás oleos para que lleguen a todos las comunidades cristianas de nuestra Archidiócesis durante este año.
Con el Santo Crisma se ungirán los recién bautizados; serán sellados los confirmados; ungiré, si Dios quiere, las manos de nuestro querido diacono, José Manuel Álvarez, en su próxima ordenación como presbítero y los altares e iglesias en su dedicación, si el Señor nos concede poder hacerlo en alguna nueva iglesia. Con el óleo de los catecúmenos, dispondremos a los que van a ser bautizados para que reciban el bautismo bien dispuestos; con el óleo de los enfermos, estos recibirán el alivio de Cristo en su enfermedad.
Queridos sacerdotes, queridas hermanas y fieles presentes hoy en la catedral, que lo estáis en nombre de todo el presbiterio y de todos los fieles:
Vivamos estos momentos con fe, ofreciendo al Señor nuestro sacrifico eucarístico con corazón contrito y humillado, pidiendo perdón por nuestros pecados, encomendando al Señor el eterno descanso de los sacerdotes de nuestra Archidiócesis fallecidos este año y de todos nuestros difuntos, en especial de los fallecidos a causa del coronavirus, rezando para que el Señor conceda a los enfermos y a sus familias fortaleza y paciencia cristiana, pidiendo por nuestros médicos y médicas, enfermeras, auxiliar sanitario, por todos los que están librando esta batalla en primera línea, por el Santo Padre, al que nos unimos de corazón, los obispos y los sacerdotes, por toda la Iglesia, por toda la humanidad, con María nuestra Madre, con san Juan Bautista y san Juan de Ribera y con todo los santos.
Que el Señor nos conceda superar estos momentos con una verdadera conversión hacia Él y un deseo grande de amor hacia nuestros hermanos».

