El jesuita Tomás Morales, que residió en dos ocasiones en la Diócesis, ha sido declarado Venerable

Entre el 1944 y 1945 enseñó alemán en el colegio «San José», en Villafranca de los Barros, y entre 1961 y 1963 residió en Badajoz.

 

El pasado 8 de noviembre el Santo Padre Francisco autorizó la promulgación del Decreto de la Congregación para la Causa de los Santos, por el que se declara las virtudes heroicas del Padre Tomás Morales.
Este sacerdote jesuita (1908-1994) pasó dos breves estancias en nuestra diócesis: entre 1944 y 1945 enseñó alemán en el colegio San José de Villafranca de los Barros y entre 1961 y 1963 residió en Badajoz. Además dirigió muchas tandas de ejercicios espirituales en toda Extremadura.
El Padre Tomás Morales fundó los institutos seculares de los Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María, de la Milicia de Santa María (jóvenes) y de los Hogares de Santa María, movimiento familiar.
Recibió una esmerada educación en el seno de su familia. A los 23 años ingresó en la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en Granada en 1942. Consagró su sacerdocio con visión profética a la animación de los laicos, convencido del precioso don que adquieren en su bautismo y de sus enormes posibilidades como corresponsables de la misión de la Iglesia.
Más que sus datos biográficos, interesa conocer su pensamiento, que dejó plasmado en unas obras que conservan una vibrante actualidad, cincelado a lo largo de miles de horas dedicadas a la dirección espiritual y en más de quinientas tandas de Ejercicios espirituales.
Como profeta de nuestro tiempo nos dejó una triple convicción: el futuro de esta civilización técnica será un futuro religioso; la segunda que la vida bautismal es forja insustituible de esta civilización de mañana y, por último, que la juventud de mañana no vivirá al margen de Dios.
Ni perdía el tiempo ni lo hacía perder con banalidades, y empleaba para ello su sistema del hacer-hacer, que se concreta en que es más fácil dar órdenes que conseguir la colaboración entusiasta, o que es más sencillo hacer algo por los demás que hacerlo con los demás. Su plena dedicación a la persona tiene su cumbre en la formación de laicos, con especial atención a los jóvenes, sintetizada en sus Cuatro Puntos Cardinales: mística de exigencia, espíritu combativo, cultivo de la reflexión y escuela de constancia (Forja de hombres). Sobre esto último repetía ‘no cansarse nunca de estar empezando siempre’.
Intuía la necesidad de una fuerte y urgente tarea de evangelización para anunciar la misericordia de Dios y denunciar la burguesía de los cristianos que, como bautizados parásitos, habían abandonado la vía de la santificación en el mundo. Tenía fe en la potencialidad del laico en la Iglesia para la transformación del mundo según el Evangelio, por la decisiva fuerza dinamizadora del Bautismo.
El Padre Tomás Morales glosaba así los efectos de la gracia bautismal, en una muestra de su estilo austero con frases cinceladas en la coherencia entre fe y vida: “Belleza de la vida bautismal de un cristiano de a pie. Escondido en el mundo sin salir de él. Pasa inadvertido ocultando sus encantos, irradiando fragancia de cielo y aroma de eternidad (…) el bautizado vive inmerso en el mundo sin que nada exterior delate su dignidad” (Hora de los Laicos).
El método más querido para llevar a cabo su obra de “alma a alma”, fueron los Ejercicios Espirituales: el silencio como pedagogía: “El hombre que manda callar a su corazón, labios y razón para que sólo Dios hable, comprenderá la dignidad de ser hombre” (Tomás Morales, sacerdote de Jesucristo).
Por último, manifestaba un profundo sentido de Iglesia y un especialísimo amor a la Virgen. Son peculiares las celebraciones anuales de la Gran Vigilia de la Inmaculada, vigentes hoy día en muchas ciudades españolas y de América.