A continuación, os dejamos el artículo de D. José Rodríguez Carballo, arzobispo de Mérida-Badajoz, publicado en el número 1.421 de Iglesia en camino.
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Queridos hermanos: ¡El Señor os dé la paz!
El día 7 de octubre hemos celebrado la Jornada por un trabajo decente y digno. No quisiera que esa Jornada pasase desapercibida. Por ello, aunque sea con un poco de retraso, quiero dirigiros unas breves reflexiones sobre lo que esa celebración pretende despertar en nuestras conciencias. La Jornada quiso sensibilizarnos ante el drama que sufren muchas, demasiadas, personas que no logran un trabajo digno y que son explotadas. Teniendo en cuenta ese drama, la Jornada nos invitaba, además, a unir nuestros esfuerzos para lograr un mercado laboral capaz de ofrecer empleos dignos que permitan construir vidas de calidad.
Entendemos por trabajo digno aquel que permite a las personas, no solo satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también desarrollar las dotes y talentos con los que el Señor las ha bendecido.
Si el artículo 23 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce el derecho al trabajo para poder vivir con dignidad, bien podemos decir que el trabajo digno constituye una parte inseparable e inherente de la dignidad humana y lograr la integración de las personas en situación de vulnerabilidad. Entendemos como trabajo justo o digno aquel que garantice un empleo productivo, que genere un ingreso justo, y que asegure la seguridad en el lugar de trabajo y la protección social para todos.
Solo se puede afirmar que un trabajo es digno y justo cuanto el trabajo se sostiene sobre cuatro pilares: la creación de empleo, la protección social, los derechos en el trabajo y el diálogo social. Solo así lograremos salir de la crisis que estamos atravesando y, al mismo tiempo, el desarrollo sostenible y erradicar la pobreza.
La situación que estamos viviendo nos muestra cuán lejos estamos de alcanzar esos objetivos. Basta pensar en los temporeros y temporeras del campo, muchos de los cuales viven o, mejor todavía, malviven en circunstancias para nada dignas; o a los muchos de ellos que duermen en las calles de nuestras ciudades. Basta pensar que en la encuesta de población activa (primer trimestre de 2024) el paro ascendió a 2.977.900 personas, de las cuales el 40% son parados de larga duración que tienen más de 50 años, con todo lo que ello comporta para encontrar trabajo. Basta pensar en las personas empleadas a tiempo parcial, obligadas a afrontar una situación de precariedad. Esta realidad afecta sobre todo a mujeres y a personas que llegan de otros países. Basta pensar en los trabajadores del hogar, muchos de los cuales no tienen derecho a una prestación económica por desempleo. Basta pensar, en fin, en los muchos jóvenes que se encuentran en paro y que no pueden independizarse por falta de recursos.
Estas situaciones, en mayor o menor medida, se dan también en nuestra archidiócesis y por ello como cristianos no podemos menos de dejarnos interrogar y cuestionar por situaciones que gritan al cielo, pues mientras el trabajo digno y decente genera vida, confianza y esperanza, la falta de trabajo o un trabajo que no respete la dignidad de las personas crea precariedad y deshumaniza.
La Iglesia, y con ella nuestra Iglesia de Mérida-Badajoz, no puede mirar hacia otra parte, sino que ha de trabajar, junto con otras instituciones sociales y políticas, para asegurar un desarrollo profesional adecuado a cada persona, según las dotes de cada uno; un salario justo, de acuerdo a la coyuntura económica del momento; la conciliación, dejando espacio para encontrarse adecuadamente en el ámbito personal, familiar y espiritual; la igualdad, para evitar todo tipo de discriminación y generando las mismas oportunidades para todos y todas; y la seguridad laboral, mediante un entorno de trabajo que garantice la prevención y la cobertura de accidentes laborales y una cobertura social. En síntesis, como nos recuerda el papa Francisco, la “libertad, creatividad, participación y solidaridad” son características que hoy, más que nunca, debemos poner en práctica todas las personas para lograr una vida digna para todos.
Comprometámonos, cada uno según sus posibilidades, por superar todo tipo de precariedad y la inseguridad que ella comporta. Comprometámonos por lograr un trabajo decente y digno. Prestemos nuestra voz a los que no la tienen. Es una forma de anunciar el Evangelio a los pobres y marginados de nuestra sociedad.
Vuestro Pastor que os abraza y bendice.
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

