La inteligencia artificial

Queridos hermanos y hermanas: ¡El Señor os dé la paz!

Hoy, con estas sencillas reflexiones tomadas en gran parte de la encíclica Magnifica humanitas, quiero invitaros a reflexionar sobre la inteligencia artificial (IA); esa disciplina de la informática que permite a las máquinas y sistemas simular capacidades humanas como el aprendizaje, el razonamiento, la percepción, la creatividad y la toma de decisiones. Precisamente por ello, la IA es una realidad que merece nuestra atención, sobre todo de los jóvenes, pues del uso que hagamos de esta herramienta dependen muchas cosas en nuestra vida.

Vivimos un momento crucial en la historia de la tecnología. La disrupción tecnológica que estamos viviendo es exponencial. La IA, con su capacidad de crear textos, música e, incluso, ideas, está llamada a favorecer mucho nuestro trabajo, pero también tiene sus riesgos. La velocidad de innovación de las nuevas tecnologías, en especial de la IA, es tan acelerada que plantea grandes desafíos de tipo político, económico, cultural, ético y espiritual, y que nos hablan de la necesidad de bases reguladoras de su uso y de una mayor formación en este campo.

En estos momentos, la IA está redefiniendo los límites de lo que entendemos por creatividad, conocimiento y humanidad. A nadie se le oculta el potencial de la IA para mejorar la eficiencia e innovación en campos como la medicina, la ecología y la seguridad, entre otros. En medicina, la IA puede mejorar los diagnósticos médicos. En el campo de la innovación, la IA facilita la creación de nuevos productos y servicios, desde imágenes generadas por ella hasta asistentes virtuales. La IA permite, además, aumentar la productividad y optimizar operaciones en diversos sectores, así como procesar y entender grandes cantidades de datos de manera más rápida. Todo hace que la IA sea un medio con el que hemos de contar.

Sin embargo, esta herramienta tampoco está exenta de sombras y riesgos que no podemos desconocer. Entre otros riesgos cabe señalar los siguientes: puede poner en peligro la privacidad de datos, ser susceptible a ciberataques y, por carecer de comprensión y del juicio humano necesario para muchas situaciones delicadas, los algoritmos pueden perpetuar prejuicios si no se diseñan y entrenan adecuadamente. Otros riesgos pueden ser: la pérdida masiva de empleos, perpetuar la discriminación, ser instrumento para ataques bélicos, falsificar la realidad y ponerse al servicio de la desinformación, crear relaciones ficticias que agravan la soledad y, a menudo, provocar la falta de transparencia. Otro riesgo más es que deleguemos decisiones importantes en la IA, lo que nos llevaría a perder libertad y responsabilidad. También es peligrosa la relación que pudiera darse entre el poder autoritario y las nuevas tecnologías. Ante lo dicho, está claro que su moralidad depende de las elecciones humanas.

Como cualquier producto de la creatividad humana, la IA puede dirigirse hacia fines positivos o negativos, haciendo de ella, al mismo tiempo, una herramienta prodigiosa y terrible. La IA no es neutral: su diseño y aplicación reflejan valores humanos y la Iglesia nos llama a orientarla hacia el bien. Lo cierto es que, con sus luces y sombras, la IA está planteando grandes desafíos —con lo que esto lleva de posibilidades y no solo de problemas— que hemos de afrontar y ante los cuales hemos de hacer discernimiento. Frente a las visiones apocalípticas de la IA, hay que ver las posibilidades que nos ofrece en muchos campos, pero, a la vez, hay que tener un punto de vista crítico y observar las carencias y dificultades que puede plantear un desarrollo de estos sistemas sin tener en cuenta los criterios éticos.

El papa León XIV ha destacado, desde el inicio de su pontificado, el papel de la IA. En su primer discurso a los cardenales, León XIV declaró: «Los avances en la IA plantean nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo», subrayando «la necesidad de una guía moral que ponga al ser humano en el centro». Incluso ha propuesto «llegar a un tratado internacional para regular la IA, asegurando que sus fines se orienten al bien común, la justicia y la paz, con supervisión humana siempre presente», insistiendo en que «la dignidad humana nunca debe ser violada en nombre de la eficiencia».

León XIV vuelve sobre el tema de la IA en su encíclica Magnifica humanitas (publicada en mayo de 2026). En ella, el Papa, partiendo de que la IA no es neutral, no solo alerta sobre riesgos de deshumanización y desinformación, sino que advierte del peligro de sustituir las relaciones humanas por conexiones digitales, así como de la creación de realidades paralelas (deepfakes, voces e imágenes falsas) y la pérdida del pensamiento crítico. Al mismo tiempo, pide desarmar a la IA de las lógicas de dominio, exclusión, guerra automatizada y concentración de la riqueza en pocas manos. En la encíclica, el Papa también hace una reflexión sobre el impacto que la tecnología tiene en los jóvenes y subraya que es clave enseñarles a decidir cuándo y para qué. A los jóvenes les invita a protegerse «de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita».

Leyendo Magnifica humanitas podemos encontrar algunos principios cristianos que han de guiar a la IA:

La dignidad humana: El ser humano, creado a imagen de Dios (Gn 1,27), no debe ser un medio para fines tecnológicos. La IA debe complementar, no reemplazar, el juicio humano, respetando la inviolabilidad de la persona.

El bien común: La IA debe promover el bien de todos y cada uno, evitando que beneficie solo a élites. Por ejemplo, puede generar contenidos educativos para regiones pobres, pero debe ser accesible para todos.

La solidaridad: Como familia humana debemos usar la IA para incluir a los vulnerables, no para aislar mediante relaciones ficticias como chatbots.

La subsidiariedad: Las soluciones deben ser locales siempre que sea posible, con regulaciones globales para riesgos como la ciberseguridad, respetando la autonomía de comunidades.

Por otra parte, los valores de verdad, libertad, justicia y amor han de reforzar estos principios. La IA debe respetar la autonomía humana, garantizar empleos dignos y promover la caridad, nunca la eficiencia por encima de la misericordia.

La IA es un don humano subordinado a Dios, fuente de toda sabiduría (1Cor 1,24). Los cristianos estamos llamados a usarla para evangelizar y servir a los pobres, formando nuestra conciencia. Parroquias y familias pueden adoptar la IA como herramienta para la catequesis, mientras abogan por una IA ética. En un mundo tentado de idolatrar la tecnología, recordemos que solo Cristo sacia nuestra sed de amor (cf. Sal 63,2). Que la IA nos ayude a construir una «civilización del amor», donde tecnología y fe converjan para glorificar a Dios.

Queridos diocesanos, particularmente vosotros, queridos jóvenes: os invito a formaros bien sobre este instrumento que es la IA. No nos dejemos atrapar por ella y estemos atentos a crear dependencias usándola con responsabilidad.

Vuestro pastor y hermano,

Fr. José Rodríguez Carballo, OFM
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Arzobispado de Mérida-Badajoz
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