A continuación, os dejamos el artículo de D. José Rodríguez Carballo, arzobispo de Mérida-Badajoz, publicado en el número 1.419 de Iglesia en camino.
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Queridos hermanos: ¡El Señor os dé la paz!
Estos días vuelve al debate público el tema del aborto. En parte se debe a la publicación de las estadísticas de abortos y al intento de hacer un “registro” con el nombre de quienes, ateniéndose al derecho a la objeción de conciencia, se oponen a practicar el aborto. Ciertamente que las estadísticas son alarmantes: más de 100.000 abortos en el último año en España. Las mascotas superan en número por mucho a los niños en nuestro país. Esto es muy preocupante. Por otra parte, la objeción de conciencia es un derecho reconocido por nuestra Constitución. Con razón son muchos los que se oponen a tal “registro”, no solo porque va contra la libertad de conciencia, sino también porque esas listas podrían ser utilizadas para marginar a quienes se oponen a una ley que, siendo legal, pues el aborto está aprobado por la ley, es y será siempre inmoral. El aborto será legal, nadie lo duda, pero, como afirmó el papa Francisco en su reciente visita a Bélgica, el aborto no deja de ser un “asesinato” y quienes lo practican, dijo, son unos “sicarios”.
Ante estos hechos nos preguntamos: ¿Hacia dónde va nuestra sociedad? Justamente decimos que somos una sociedad de “viejos”, pero, entonces, ¿qué hacemos, qué políticas favorecen nuestros gobernantes en favor de la natalidad? ¿Por qué tanto interés en “registrar” a los objetores de conciencia? ¿Qué se esconde detrás de esos registros?
La defensa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, atañe a todo ser humano. Baste recordar que Hipócrates, padre de la medicina, un pagano griego del siglo V a.C., defendió el derecho a la vida. En el llamado juramento de Hipócrates, que tantos médicos han jurado como principio inspirador, leemos: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura”. Y por llegar ya a nuestra “rabiosa actualidad”, baste recordar que no hace mucho el Centro de Bioética Nathaniel de Nueva Zelanda ha difundido 12 argumentos no religiosos contra la eutanasia. La defensa de la vida ya no es cuestión de credo sino que es algo que atañe a todo ser humano.
Ahora bien, para el católico el deber de defender la vida humana es aún más acuciante, por razones obvias. La primera y principal es nuestra fe en el Dios de la vida, no de la muerte, y que nadie puede decidir sobre la vida de los demás. Por eso, ante la desinformación y manipulación mediática sobre el aborto y la eutanasia, los que defendemos los derechos de los engendrados no nacidos, no podemos guardar silencio. La vida desde su concepción no se puede negociar. Se defiende por todos los medios.
Como escribía hace ya algunos años Julián Marías, la aceptación social del aborto era lo más grave que había ocurrido en el siglo XX. Y tal sinsentido ha ido creciendo hasta hoy, de modo que la primera mitad del siglo XXI será conocida por la del genocidio silencioso y silenciado de cientos de millones de niños en el seno materno y de varios miles de mayores engañados.
Seamos coherentes con nuestra fe en el Dios de la vida. Defendamos y respetemos la vida desde su concepción, pues “desde el primer mes de la concepción ya están todos los órganos… Con el aborto matas a un ser humano” (Papa Francisco). Apoyemos la vida exigiendo a nuestros políticos “políticas”, incentivos económicos que fomenten la vida. Protejamos la vida contra la muerte. Oremos por la vida, gritemos con voz potente nuestro SÍ a la vida desde su concepción hasta su término natural.
Os bendice vuestro Pastor.
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Arzobispo de Mérida-Badajoz

