¡NO! LA IGLESIA NO SON LOS CURAS, NI ES DE LOS CURAS
Esta es una afirmación que se va entendiendo poco a poco. Ya son muchos los laicos que podrían explicarla muy bien. Sin embargo no está de más que yo complete el título de estas líneas diciendo: la Iglesia es el cuerpo vivo cuya cabeza es Jesucristo su fundador, y los miembros somos todos los bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Por ello, todos los cristianos formamos la gran familia de los hijos de Dios, redimidos por Jesucristo mediante su pasión, muerte y resurrección.
En principio, todos los miembros de una misma familia, en la medida en que son conscientes de su condición, han de asumir la responsabilidad de procurar el desarrollo de la familia, en la parte y del modo que les toca. Nadie tiene derecho a esperar que sus familiares se lo den todo resuelto para disponer de ello a su gusto y según su voluntad.
Llegar a entender y asumir esta responsabilidad ha de ser fruto de una formación que debe comenzar en la niñez y desarrollarse progresivamente. El objetivo es procurar que nadie se crea con derecho a que en la Iglesia todo se le dé resuelto satisfaciendo sus propios gustos o ideas personales. Quienes ya hemos vencido ese error, tenemos el deber de contribuir a que otros también lo superen. Esta es parte de la tarea que comporta la Evangelización a la que nos urgen el Concilio Vaticano II y los últimos Papas. Hacer esto es un deber de caridad.
En la Iglesia, como en cualquier familia, todos los que tenemos fe y uso de razón debemos contribuir, pues, a resolver, cada uno según sus posibilidades y su vocación, las necesidades espirituales y materiales del conjunto familiar. En la Iglesia debe ocurrir lo mismo. Por eso, en esta campaña de sensibilización de los cristianos sobre la Iglesia y sobre sus responsabilidades personales, se ha elegido este slogan: “Participar en la Parroquia es una declaración de principios”. La Parroquia es la realidad eclesial más cercana a cada uno en su pueblo o ciudad. Desde ella se sirve a la Iglesia diocesana que da sentido a la Parroquia, y que es la presencia plena de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.
Con la brevedad que impone el espacio para esta carta, quiero terminar diciendo, pues: “La Iglesia necesita de tu ayuda personal y de tu compromiso económico. Atiéndela” No olvides que es tu Madre. Gracias.
Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz
¿QUÉ DEBE HACER LA IGLESIA? ¿QUÉ HACE TU IGLESIA?
La Iglesia existe para evangelizar. Así lo afirmaba el Papa Pablo VI y lo han recordado los últimos Papas. Evangelizar consiste en anunciar el Evangelio, que es la Buena Noticia proclamada por Jesucristo con obras y palabras hasta el día de su ascensión a los cielos. El contenido de esa Buena Noticia es que Dios nos ama; que envió a su Hijo Jesucristo para que nos lo comunicara y diera su vida por nuestra salvación; que, por ello, Dios busca siempre nuestro bien y nos ayuda a con seguirlo manifestándonos el camino para alcanzar la verdad, la libertad y la felicidad eterna; que Dios tiene entrañas de misericordia y está dispuesto siempre a perdonar.
Todo esto, resumido así, nos llega desarrollado en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia. Pero como la explicación y la aplicación a nuestra vida constituyen una tarea compleja y entretenida, la Iglesia nos lo va presentando de muchos modos. Entre ellos están los que ofrece el Pastor de cada Iglesia particular o Diócesis, que es el Obispo, señalando unos puntos de reflexión y unos objetivos de acción para un tiempo determinado, atendiendo con ello a las necesidades y circunstancias propias de la grey que se le ha encomendado.
El ofrecimiento del Obispo, con la ayuda de sus necesarios colaboradores los Presbíteros, es lo que constituye el Proyecto o el Plan Diocesano de Pastoral.
En nuestra Iglesia diocesana de Mérida-Badajoz nos propusimos tres objetivos muy fáciles de entender aunque, como todos, algo difíciles de alcanzar. Primero, La Pastoral familiar, puesto que la familia, según el Concilio Vaticano II, es la célula primera de la sociedad y la escuela de las virtudes que debe procurar cada uno para vivir con dignidad. Segundo, la formación del laicado en orden a su integración y participación activa en la vida de la Iglesia. En el laicado está la responsabilidad familiar y social más directa para llevar la luz de Jesucristo al mundo en que vivimos. Tercero, la Acción misionera. Este objetivo coincide, en el contenido y en el lanzamiento, con el de la Iglesia universal empeñada en la Evangelización.
Debemos tener en cuenta que la Evangelización es tarea de la Iglesia. Por tanto, es la Iglesia la que ha de procurar una seria y continuada acción evangelizadora o misionera. La Jornada de la Iglesia diocesana es buena ocasión para que nos unamos en la plegaria invocando la gracia del Espíritu Santo para cumplir con el deber misionero que nos compete.
Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz

